DONDE CHOCAN LOS MARES: La Tierra de los antiguos HAUSH

yamanas4Expedición de la antropóloga Ann Chapman por las tierras salvajes e inhóspitas de Tierra Del Fuego, lugar donde se desenvolvieron varias tribus salvajes, entre ellos los Haush, los Selknam, los Alakalufes y los Yamana. La antropóloga acompañada de algunos de los últimos descendientes Haush y Yamana se adentran por la salvajedad sureña de la Patagonia. El texto tambien nos relata algunas de sus historias y el significado que los antiguos le daban a los ríos, vientos, olas y riscos, fieros paganos que veneraban a sus dioses. Tierras que alguna vez fueron pisadas por nuestros antepasados, que vivieron centenares de años al lado de lo salvaje y desconocido, de la mano con sus dioses, rechazando de raíz todo el veneno de la civilización y el cristianismo.

¡Somos herencia salvaje, somos guerra contra la civilización y el progreso!
¡Que sigan viviendo los dioses paganos de los Antiguos, por siempre!


Actualmente hay en el mundo muy pocas regiones deshabitadas que hayan sido alguna vez pobladas por el hombre. Una de ellas corresponde al sudeste de la Isla Grande, Tierra del Fuego (Argentina) –desde la Bahía Thetis, sobre el Atlántico, hasta la Bahía Aguirre cerca de la entrada del Canal Beagle–, y está deshabitada desde la desaparición de los haush en el siglo XIX. El hombre americano se adaptó a esta zona; el de origen europeo no ha podido hacerlo. Aquél sucumbió frente a la agresión de éste, y su tierra quedó vacía. Ya nadie vive allí. Casi nadie va hasta allá, a no ser los tripulantes y pasajeros de algún buque que ocasionalmente ancla en las bahías de la zona. Hace años que las empresas loberas abandonaron la región.
Mucho tiempo antes, los haush y los selk’nam compartieron la mayor parte de la Isla Grande. Los haush llegaron primero. ¿Cuántos milenios o siglos antes? Esta es una pregunta que solamente la arqueología podría contestar. Los haush habían sido empujados al sudeste de la isla por los selk’nam, más agresivos. Estos grupos no se habían aventurado más al sur, hasta las costas del Canal Beagle, la Isla Navarino y los archipiélagos, que eran territorio de otros indígenas, los yámana y los alakalufes. Es muy probable que la Isla de los Estados haya sido habitada en tiempos prehistóricos por los yámana o por otro grupo, aunque no estuvieran allí cuando los europeos la descubrieron.


La mayor parte de los primeros habitantes de América, llamados “indios”, vinieron desde Asia atravesando el mar de Behring por un “puente de tierra” que unía los dos continentes entre Siberia y Alaska. Periódicamente, durante milenios y milenios, el “puente” era cubierto por el mar o por el hielo, y quedaba expuesto como consecuencia de las oscilaciones de los glaciares. Hace unos diez mil años se sumergió por última vez, convirtiéndose en lo que se llama hoy Estrecho de Behring. Según la arqueología, las primeras migraciones humanas a América pueden haber ocurrido hace unos veinticuatro mil años, aunque hay indicios de que se remontarían a casi cuarenta mil. Hace unos once mil años el hombre ya habitaba el lado continental del Estrecho de Magallanes. La fecha más antigua, correspondiente a la vida humana en la Isla Grande, es de aproximadamente 9.500 años
Los selk’nam y los haush no conocieron la escritura. Se puede decir que no les hacía falta, pues todo lo que sabían lo aprendían de la observación o la experiencia, y de los conocimientos y tradiciones transmitidos oralmente a lo largo de innumerables generaciones. En cada generación existía algún “padre de la palabra”, guardián de la tradición sagrada. Los selk’nam habían asimilado mucho de los haush, sobre todo la tradición ritual y mitológica.
En su mitología, el Este estaba simbolizado por la cordillera de la Isla de los Estados y era considerado como el lugar de mayor emanación del “poder” del universo. Los haush, y después de ellos los selk’man, imaginaban otras cordilleras que existirían en los mares o más allá de los mares, al Oeste, al Norte y al Sur. Cada una de ellas estaba también imbuida de un poder mítico-religioso.
Según la tradición sagrada, un xo’on (poderoso mago o chamán) llamado Viento y otro mago, Mar, combatieron en las aguas del Estrecho Le Maire. Y en esta lucha, que produjo una tormenta prodigiosa, Viento venció a Mar. Viento era del Oeste y Mar era del Norte. Para vengarse de Viento, Mar hizo que allí se desafiaran dos poderes femeninos, dos Che’num, quienes también eran uno del Norte y el otro del Oeste. Y esta vez el del Norte venció al del Oeste. El “poder” del Norte atrapó a su enemigo con tal fuerza que lo hizo estallar. Su sangre se derramó por toda la tierra, desde el Estrecho Le Maire hasta el Río Irigoyen, y fue así que el agua de los ríos y riachuelos de esta parte de la isla adquirieron su color rojizo.
Estos poderes femeninos, Che’num, eran implacables caníbales que se erguían a lo largo de las costas y, con irresistible mirada, atraían a sus víctimas hacia ellos. Monopolizaron los ríos y las fuentes de agua, hasta que “un día” el gran mago Viento logró destruirlos. Entonces ellos se convirtieron en las peñas barrancosas que bordean las costas de la isla.
Aún hoy la Che’num del Norte “vive” debajo del estrecho donde los mares se encuentran. Es ella quien a veces los incita a combates de violencia inaudita en este lugar temido por todo marinero, la ruta al Cabo de Hornos, a lo largo de cuyas costas yacen restos de barcos vencidos por los mares y vientos en pugna.
La mujer de Mar, hermana de Viento, tuvo muchas hijas, las ballenas. Mar, el padre, creó grandes océanos para que sus hijas se salvasen de ser devoradas por poderosos enemigos. Cuando Mar hizo las grandes aguas, llevó en sus brazos a sus hijas y las liberó en una orilla, esperando que viviesen en paz para siempre.
Otra versión de este mito dice que en tiempos remotos el Estrecho Le Maire era una laguna y que Mar lo abrió para que sus hijas lograsen huir del mago que las perseguía.
A través de los cuarenta kilómetros del estrecho, el perfil de la cordillera de la Isla de los Estados aparece casi siempre envuelto en bruma. La bruma crea la impresión de que la cordillera queda muy distante. La silueta de sus cimas cortadas a pique y apenas visibles evoca la muralla de una inmensa y misteriosa fortaleza; fortaleza que defendería el acceso a la región del Este, sede del poder universal. Los selk’nam llamaban a la isla K’oin-harri, la “Cordillera de las Raíces”, y la isla fue concebida como la raíz del mundo; los xo’on (chamanes humanos) pronunciaban este nombre al sentirse invadidos por el poder sobrenatural, y se imaginaban esforzándose por ascender a lo que también llamaban la “Cordillera Resbalosa”.
En 1968 el señor Esteban Ishtón, selk’nam de padre y madre y uno de los últimos sobrevivientes de este pueblo, se ofreció a acompañarme por tierra a lo largo de la costa del Estrecho Le Maire y dar toda la vuelta del sureste de la isla a pie. Unos treinta años antes había recorrido la misma zona como guía de un ingeniero agrónomo. Deteniéndose a menudo, hicieron el viaje a caballo en un mes. Regresaron bien, pero sus tres caballos murieron por los sufrimientos padecidos en el lugar.
Un día de marzo de 1969, estando yo en Río Grande, Tierra del Fuego, supe que Esteban estaba enfermo en Ushuaia, al otro lado de la isla. Me apresuré en ir a visitarlo, pero cuando llegué ya había fallecido. Solamente alcancé a dar el pésame a su hermana, la señora Rafaela Ishtón, viuda de Rupatini.
Después de la muerte de Esteban traté de encontrar a alguien que me acompañara a pie por la parte deshabitada de la isla. Por la costa atlántica la zona habitada termina en el casco de la estancia Policarpo, en Caleta Falsa, aunque la estancia se extiende casi hasta la Bahía Thetis. Pero el camino transitable de esta costa termina en la estancia Irigoyen (en la caleta del mismo nombre). Para llegar a la estancia Policarpo es necesario ir en barco, en avión, o andar varios días a pie o a caballo. Gracias a las facilidades ofrecidas por los propietarios de estas dos estancias, y también los de la estancia María Luisa, que queda entre las dos mencionadas, el trayecto por la costa no presenta dificultades especiales. Los propietarios, administradores y trabajadores de estas estancias nos brindaron guías, caballos, comida y hospedaje.
A fines de enero de 1970 encontré a dos hombres dispuestos a acompañarme. Uno, Celestino Varela, hijo de doña Enriqueta Varela de Santín, se ofreció a servirme de guía. Nunca había ido a la zona deshabitada pero era un hombre de campo. Su abuela materna fue indígena y él nació en la estancia Moat, en la orilla del Canal Beagle, donde eventualmente terminaríamos nuestro viaje. Su madre y toda su familia eran muy buenos amigos. Yo confiaba totalmente en él. El otro hombre, más joven, era Armando Calderón, descendiente de yámana, y cuyo padre, Augustín Clemente, que vive en Ushuaia, también era un buen amigo. Aunque Armando Calderón casi siempre había vivido en los pueblos, le gustaba mucho el campo.
El 27 de enero los tres salimos a caballo de la cabecera del Lago Fagnano, desde la estancia del señor Luis Garibaldi Honte, en lo que anteriormente había sido la reserva indígena. Cuando partíamos, don Luis me dijo que si él fuese más joven me hubiera acompañado, y nos deseó buena suerte. Don Luis, descendiente de los haush, había nacido en Bahía Thetis, cerca del Estrecho Le Maire, y sabe del idioma haush más que ningún otro.
Llegamos a la estancia Irigoyen al anochecer. Al día siguiente Celestino Varela, de sobrenombre Tino, regresó a su casa en la cabecera del Lago Fagnano. No podía dejar su trabajo en la estancia hasta dos semanas más tarde. Quedamos en encontrarnos el 15 de febrero en la estancia Policarpo para emprender desde allí la marcha por la zona deshabitada.
El primero de febrero partí a caballo desde la estancia Irigoyen acompañada de Armando Calderón, el señor Oyarzún (administrador de la estancia Policarpo) y un ovejero, rumbo a Caleta Falsa, adonde llegamos dos días más tarde. Dos y medio días después llegamos a la estancia Policarpo, subiendo y bajando por la angosta costa para esquivar las altas barrancas. El Sr. Oyarzún sabía cómo evitar ser atrapado (y ahogado) por una marea alta cuando ésta golpeaba las paredes de las barracas. El jinete que hace caso omiso de los tiempos de las mareas y de las dificultades de la topografía costera pone en riesgo su vida. Nuestros caballos (del Sr. Oyarzún) sabían cómo atravesar con pasos livianos los turbales, aunque solían hundirse hasta las rodillas y llegaban a desesperarse, echando espuma por la boca. Cuando lograban salir, tambaleándose con cada paso, nuevamente se hundían hasta que por fin alcanzaban suelo firme; entonces, corrían acaloradamente, siendo detenidos por el tropiezo y la caída al suelo de parte de la montura, que se enredaba en la espesa vegetación. Los caballos cruzaron los ríos nadando sin problemas, puesto que no eran muy anchos ni torrentosos. Al dirigirnos al interior, encontramos varias manadas de guanacos que nos observaban inmóviles, tensos y con sus orejas en punta, hasta que desaparecíamos en el horizonte. En la costa pasamos frente a los restos de algunos de los barcos que naufragaron en la zona durante los últimos 400 años. Vimos el enorme casco de fierro de la Duchess of Albany, que zozobró en 1891. Días después, cerca de Cabo Falso, pude fotografiar un mascarón de proa que encontramos tirado en la playa. Lo lavamos y tomé una fotografía de su parte posterior, porque la cara estaba totalmente carcomida. Afortunadamente, más tarde unos empleados del Museo del Fin del Mundo (Ushuaia) lo llevarían a un sitio seguro para ser exhibido en una sala, aunque posiblemente el mascarón añore el viento y el mar.
Durante las dos semanas que permanecí en la estancia Policarpo, filmé a los lobos de mar de lejos y de cerca; también el arreo de unas cinco mil ovejas cuando los ovejeros a caballo, ayudados por sus perros, las hicieron cruzar a nado el Río Policarpo. También filmé el Estrecho Le Maire y su faro, situado a un día de caballo de la estancia, y pude realizar excavaciones arqueológicas en la misma Caleta Falsa. Esto fue posible gracias a la ayuda de los empleados de la estancia Policarpo.
Cuando Tino llegó a la estancia Policarpo el 15 de febrero, habían comenzado las lluvias del otoño y tuvimos que esperar hasta el 18 para partir. Mientras tanto, nuestro grupo había crecido de tres a cinco: los dos nuevos eran Porteña y su hijo Mío, los perros de Tino, ayudantes de mi guía y eventualmente nuestros salvadores, si llegara a ser necesario. En caso de un impedimento total, ellos regresarían a su casa, y al verlos llegar solos la familia sabría que algo nos había sucedido.
La mañana de nuestra partida les di a Tino y a Armando dos cajitas de fósforos, cuidadosamente envueltas en tiras de caucho y aseguradas con tela adhesiva. Tino comentó que ya llevaba suficientes fósforos. Pero yo le expliqué: “Se los doy por si los tres caemos al mismo tiempo a un río. Como éstos están bien asegurados, puede ser que no se nos mojen todos”.
Y él me respondió: “Aunque vamos a cruzar muchos ríos, ¿por qué nos vamos a caer los tres juntos?”
En efecto, nadie se cayó.
Nuestra única arma la llevaba Tino, un viejo “veintidós” que don Luis nos había prestado. Cuando los hombres de Policarpo le preguntaron a Tino por qué no había conseguido un automático, éste les contestó que prefería un “veintidós” por ser más resistente y menos frágil. Cada uno llevaba una mochila: las de ellos pesaban de quince a veinte kilos, la mía diez. Además de fósforos, cada uno tenia tiras de caucho de neumático para encender el fuego bajo la lluvia, cigarrillos, un cuchillo, frazada y pantalones para cambiarse. Armando estaba encargado de las provisiones (un kilo de café, arroz, azúcar, sacarina, sopa deshidratada, chocolate; para el primer día, pan y carne; y dos jarros de latón para cocinar). Tino cargaba la lona para hacer la carpa y yo los medicamentos y la cámara fotográfica.
Por el camino comimos bayas de varias clases, hongos y mariscos; el segundo y cuarto días, lomos de dos guanacos que Tino mató. No podíamos demorarnos para explorar los lugares por donde pasábamos, porque los guanacos resultaban escasos y el verano llegaba a su fin. Sabíamos que si el mal tiempo nos bloqueaba, las provisiones se acabarían en pocos días. Caminamos cuando y cuanto pudimos, a veces doce horas de un trecho. Casi todos los días llovía, pero a menudo continuábamos avanzando bajo la lluvia. Después calculamos que habíamos andado unos ciento treinta y cinco kilómetros en diez días para ir de Caleta Falsa (estancia Policarpo), sobre la costa atlántica, a la estancia Puerto Rancho, sobre la costa opuesta, cerca de la entrada del Canal Moat.
Llegué a apreciar lo que puede haber significado para los haush el habitar esta región: los bosques, las malezas, los turbales, lo quebrado del interior y lo escarpado de las costas, compensados por acogedoras playas. Y fue precisamente en estos últimos lugares que encontramos unos fragmentos de utensilios de piedra y de hueso dejados por los haush.
Llevábamos dos mapas de la región. Varias montañas, en tiempo despejado, nos permitían orientarnos: el Cerro Bilbao (el más alto de “Los Tres Hermanos”) frente a Caleta Falsa, la montaña Béccar frente a Bahía Buen Suceso y las montañas Campana y Pirámide al oeste de la Bahía Valentín. Tino acostumbraba adelantarse para buscar los pasos; o desde las cimas de las montañas decidía por dónde debíamos caminar, juzgando la densidad del bosque, o el declive de alguna ladera de montaña, por los matices, las luces y las sombras del paisaje. El plan era caminar lo más posible por las alturas y evitar los bajos cuyas malezas tupidas nos hacían hundirnos hasta la rodilla a cada paso. Tuvimos que atravesar los bosques para llegar a las bahías. Una o dos veces los penetramos por las sendas de los guanacos; y muchas veces tuvimos que pasarlos gateando, tropezando y asiéndonos a los troncos como mejor podíamos. Tan densos eran que habría sido inútil tratar de abrirse camino a machete. Los turbales no presentaban mayor problema, salvo cuando tuvimos que dormir sobre ellos.
El primer día, por la tarde, llegamos a la Bahía Buen Suceso, a unos veinte kilómetros de la estancia Policarpo. Desde la playa mirábamos la “Cordillera de las Raíces”, que casi llenaba el horizonte. Parece emerger desde el fondo de los mares, tal como me contó Angela. Rendí un homenaje mental a los malogrados haush, a nuestros ilustres predecesores –el capitán Cook en 1769 y Charles Darwin en 1832– y a los hombres que habían construido un rancho en la playa. Al rancho le quedaban dos paredes y una parte del techo que nos protegió aquella noche del viento y la lluvia. Había pocos animales en la bahía. Dos guanacos nos habían seguido de lejos. Al acampar se acercaron tanto a nosotros que Tino mató uno de un solo tiro. Las gaviotas iban y venían de la playa al mar, pero no vi otros pájaros. Sobre la arena fina de color gris yacían unas pocas conchas vacías. El ruido del mar acentuaba el silencio.
De cierta manera me sentía inquieta, quizás por la muerte del guanaco, el silencio y el paisaje. La bahía tiene la forma de una caja cuadrada a la que le falta un lado; un bosque oscuro cubre sus costados y la playa termina por los dos extremos en unos grandes peñascos negros. En la parte interna, la playa se convierte en un pantano donde crecen altos juncos. Los contornos más bien suaves de las montañas al fondo de la bahía me parecían extraños, quizás por hallarse éstas tan aglomeradas, casi encimadas. Se me ocurrió que se habrían juntado allí buscando un buen asiento para contemplar la “Cordillera de las Raíces”.
Durante los diez días que caminamos, tuvimos una sola tormenta de granizo. Ocurrió al segundo día, a las trece horas, mientras pasábamos por las cimas de los Montes Negros rumbo a la Bahía Valentín. Comenzó repentinamente y luego se intensificó acompañada de un viento frío. Tino nos gritó que debíamos buscar un reparo. Comenzábamos a descender cuando percibimos que los únicos árboles que había estaban muy distantes en el bajo. Nos sentamos entre la maleza, a media montaña, esperando que la tormenta amainara pronto. Como esto no sucedió, seguimos hasta el pie de la cordillera. Allí extendimos la lona bajo unos grandes arbustos y logramos encender fuego para secarnos y preparar café mientras esperábamos a que pasara la tormenta. Duró tres horas y media. Cuando volvimos a la cima, salió el sol y el paisaje se transformó. La luminosidad era extraordinaria, aumentada por los reflejos de las lajas que se extendían hasta perderse de vista en las suaves ondulaciones de las alturas. Los Montes Negros son solamente negros vistos desde lejos.
De repente divisamos la Bahía Valentín: una ancha playa de arena fina, color del sol, atravesada por un río sinuoso. El mar, que en ese momento estaba muy azul, se extendía hacia la Antártida. Quizás el mar y la playa parecían tan brillantes por contrastar con los bosques y las barrancas de peñas tan cercanas. Ciertamente, los haush acamparon en la costa de esta bahía. Fueron vistos por primera vez hacia fines del siglo XVII. La bahía, prácticamente, no fue utilizada por los navegantes europeos ni por otros posteriores, porque al abrirse hacia el sur es asolada por los vientos que vienen de la Antártida.
Dormimos sobre la turba del bosque cercano y al otro día, temprano por la mañana, llegamos a la playa. Caminando por la costa encontramos unos cuantos artefactos de piedra. Pero como la marea subía rápidamente y tuvimos que cruzar un río que desemboca en la playa, seguimos la marcha rodeando la bahía. De pronto, penetramos en un área de enormes rocas negras y lisas, de diferentes formas, esculpidas desde tiempos inmemoriales por el viento, la lluvia y las tempestades. Algunas verticales, otras horizontales y casi todas perforadas con agujeros grandes y pequeños. Todas parecían estar contemplando el mar en reposo. Quizás sin saberlo, Henry Moore, había representado estos monumentos de la naturaleza.
El único peligro, fuera de quedar bloqueados a causa del tiempo, era el de ser acometidos por baguales. Los trabajadores de las estancias por donde había pasado a caballo me habían contado en detalle sus aventuras con toros bromistas y vacas nada lecheras. Así es que me sentí incómoda cuando por primera vez distinguimos un grupo de baguales (vacuno cimarrón). Ocurrió al cuarto día de viaje, arriba de la Bahía Aguirre. Desde lejos parecían tranquilos. Pero podía tratarse de una tranquilidad de corta duración, ya que tienen fama de fijarse en todo, aun cuando pastorean con la cabeza gacha. Tino, que los descubrió primero, se detuvo para esperar a Armando y luego los dos me esperaron a mí, que como de costumbre venía “a la cola”. Tino nos dijo que nos arrimáramos allí hasta que él y sus perros hubieran pasado la línea de ataque. Como yo me había jurado obedecerle, iba a hacer lo que él proponía. Pero antes de moverme le pregunté: “Y si los baguales lo acomenten, ¿qué hace usted?”
Me respondió: “No se preocupe. Si acometen, los perros los van a molestar y en esto me largo yo”.
Contemplé con un amor renovado a nuestros flacos y jadeantes compañeros. No hice más preguntas. Sabía que Tino no iba a servirse del rifle, pues ya me había explicado antes que herir a un bagual equivale a exasperarlo más, y que era prácticamente imposible matarlo con un “veintidós”. También me había enseñado que, de ser acometido, uno debe correr hacia el árbol más cercano, y si no hay un árbol cerca, tirarse al suelo boca abajo y quedarse así sin moverse. Yo por mi parte, había aprendido que un toro bagual es menos bravo que una vaca bagual con ternerito, y esto me consolaba en cierto modo. Subí a un árbol y de arriba observé a Tino y a sus perros hasta que desaparecieron en el horizonte hacia la bahía. Armando no quiso subir. Me dijo que era prematuro. Tenía razón. Al rato los baguales dieron prueba de sincera tranquilidad y pudimos ir al encuentro de Tino. Al bajar del árbol, Armando me indicó que llevara mi mochila sobre un solo hombro, de manera de poder soltarla rápidamente si tenía que correr en busca de otros árboles. También hice lo que él me aconsejaba.
Otras veces pasamos cerca de baguales, pero no me subí a otro árbol. Todos los baguales que vimos nos tuvieron mucha consideración.
En los dos extremos de la Bahía Aguirre hay playas. La del este, hacia la Bahía Valentín, está rodeada por un terreno ondulado, tapizado de pastos altos y con pequeños grupos de árboles. La cruza un ancho río que se desliza hacia el mar. Hacia el oeste, la playa es ancha en marea baja, pero el bosque y la maleza la cierran. Esta esquina, donde el Río Bompland llega al mar, se llama Puerto Español, y así se llama también una pequeña estancia cuya casa y corrales están a la orilla del mar. En otro tiempo existía un aserradero cerca de la estancia. Y mucho antes, en 1851, un pequeño grupo de misioneros ingleses, el Capitán Allan Gardiner y sus seis compañeros, murieron de hambre en este mismo lugar. La Bahía Aguirre es muy ancha (más de dieciséis kilómetros). Casi toda la parte abierta al mar, la que se extiende entre las dos playas, es sumamente quebrada; acantilados escarpados se intercalan con pequeñas aberturas rocosas. Se hace tanto más trabajoso pasarla a pie por las mareas, difíciles de calcular. El bosque que bordea la costa es casi impenetrable, a menos que se aproveche la huella de los baguales. En el deseo de no encontrarnos cara a cara con algún desconocido de esta especie, decidimos ir por un lugar entre las rocas, a la orilla del mar, donde no había senda.
Al llegar al otro extremo de la bahía vimos la pequeña casa y los corrales de la estancia Puerto Español. Mientras nos acercábamos, oímos varios tiros de fusil y al llegar frente a la casa pasamos junto a un perro muerto, bañado en sangre. Los otros perros nos ladraban, y un joven puestero apareció en la puerta.
Miró a los cinco expedicionarios. Y nos preguntó: “¿De dónde vienen ustedes?”
Uno de nosotros contestó: “De Policarpo”.
Y el puestero volvió a preguntar: “¿Cruzando?”
“No, bordeando”.
“¿En cuánto tiempo?”
“Seis días”.
Entonces el puestero dijo: “Pasen a sentarse”.
Pasamos y nos sentamos. Enseguida el puestero salió. Dijo que iba a caballo a traer un cordero para que comiéramos. Fue muy gentil con nosotros, aunque desenfrenado cuando montaba a caballo y no muy amable con sus perros y el ganado. Ahí comprendí por qué el ganado bagual se enfurece con cualquiera de nuestra especie.
Al día siguiente, cuando la marea permitió cruzar el río, el puestero nos acompañó a caballo un rato. Luego se despidió, y nosotros nos dirigimos hacia los Montes Lucio López. Caminamos de nuevo por las alturas, pero, dados el frío y el viento, bajamos en la tarde para acampar cerca de la costa. Al día siguiente llovió y caminamos poco. Un día después llegamos a la Bahía Slogget.
Ese día nos habíamos cruzado con el capataz de la estancia Puerto Español, que regresaba a caballo a su lugar de trabajo, trayendo del cabestro a un caballo carguero. Nos advirtió que no se podía cruzar el Río López en la desembocadura de Bahía Slogget y nos aconsejó que continuáramos río arriba por unas cinco horas para pasarlo, como lo hacía “todo el mundo”. Quedé preocupada por lo que nos había dicho. Pero Tino me consoló diciendo: “No se preocupe. Este río lo cruzamos en la playa”.
Al llegar a la Bahía Slogget vimos que si bien el río no era muy ancho, corría rápido. Luego descubrimos que también era profundo. Bordeamos la orilla hacia arriba, hasta que de pronto vimos una masa de madera muerta encallada en la orilla opuesta, mientras que de nuestro lado yacían unos troncos pelados muy largos. Tino y Armando lograron fijar un tronco sobre la parte más honda del río y lo engancharon con la maderada de la orilla opuesta.
Terminada la obra, desde casi el medio del río, Tino me ofreció la mano para que hiciera equilibrio sobre el tronco mientras me preguntaba: “¿Se atreve?”
“Voy a ver”, le dije.
Los tres pasamos el río sin caernos. Pero Porteña y Mío nadaron. Los arrastró la corriente un buen trecho mientras nosotros corríamos por el lado opuesto del río para animarlos, hasta que alcanzaron la orilla.
Aquella noche nos hospedamos en la cocina de la casa de la estancia Bahía Slogget, cuyos propietarios estaban ausentes. Ellos habían dejado la puerta de la cocina abierta, y dentro de ella fósforos, leña, una candela y algunas provisiones por si alguien pasaba, como es la costumbre entre los estancieros y trabajadores de las regiones apartadas.
En la mañana inspeccionamos los restos de una draga inmensa y mohosa. Debió pertenecer cuando era nueva al equipo de algún empresario con sed de oro. De lejos parecía la carcaza de un pájaro enorme o de un avión con las alas quebradas.
Caminamos un día más y llegamos al término del viaje. Diez días después de partir de Caleta Falsa, arribamos a una pequeña estancia llamada Puerto Rancho, ubicada frente a la Isla Picton, a la entrada del Canal Moat.
Aprovechando la hospitalidad del propietario, señor Cirilo Boscovich, y de su señora, nos quedamos allí dos días. El nos prestó caballos para seguir a la estancia Moat, cuyo dueño, el señor Lawrence, me llevó en su avioneta hasta Río Grande, de donde yo había salido hacía cinco semanas. Como los reglamentos prohíben llevar perros en un avión de este tamaño, Tino, por no abandonarlos, cruzó la cordillera a caballo con ellos a su lado y llegó en dos días a su casita en la cabecera del Lago Fagnano. Armando se quedó en la estancia Moat para trabajar.
Antes de emprender el viaje, Tino y Armando me habían dicho que querían conocer la zona deshabitada; quizás Tino se haya acordado de su abuela haush y Armando de sus abuelos yámana.

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