(es-en) La sabiduría inhumana y el Gran Río

Traducción del texto “The inhuman wosdom and the great river”, originalmente escrito en inglés y publicado en On the Nameless.


No he vivido, hasta hace poco, en un área donde los ríos fuesen un rasgo dominante del paisaje. Más al oeste en el estado de Washington los paisajes están dominados por grandes bosques. Misteriosos y mágicos lugares donde grandes abetos de Douglas y cedros rojos occidentales son la norma. Grandes suelos de bosques de musgo y helecho. También está la tranquila presencia de las distantes montañas olímpicas, y en los días claros la noble cima de Rainier. Sumado a esto está el poder del océano cuando uno viaja lo suficientemente al oeste como para llegar al Océano Pacífico.

Pero el paisaje donde vivo actualmente, distinto a cualquiera que haya conocido antes, está dominado por dos largas bifurcaciones de un gran río que fluye desde los más altos márgenes de la cordillera de las Cascadas del Norte hasta una de las muchas ensenadas del Océano Pacífico en el antes mencionado límite occidental del estado de Washington.

Los muchos bosques que se alzan a los costados de los canales de agua reducidos por los incesantes movimientos de las corrientes del río consisten en su gran mayoría de grandes y retorcidos arces de hoja grande e inmensos álamos negros. Pero por más hermosos que sean estos bosques ribereños, la presencia del río es la gran nota en las sinfonías de este paisaje extraordinario.

Mientras caminaba recientemente junto a la bifurcación del norte de este río llegué a un área donde uno es capaz de ver hacia abajo una parte del río, a lo largo de los grandes árboles de sus boscosas orillas, a lo largo de sus costas pedregosas que ha reducido con sus movimientos sin fin a través del paisaje, y hasta las grandes colinas y montañas distantes desde donde ha fluido.

Este río es una cosa ancestral. Ha seguido su curso durante mucho más de lo que yo, simplemente humano, soy capaz de entender. Y me pareció luego que este lugar ancestral, con su vasta e incomprensible historia, debe tener seguramente una morada de los dioses. Y si no una morada de los dioses, entonces sin duda alguna, un canal de comunicación con esa vasta e inefable gloria de la tierra que se mueve en todas las cosas.

Estuve en este lugar por un rato, sentado tranquilamente, absorbiendo la presencia del río. No dije nada. Siendo honesto no creo que tengamos mucho que decirle a la tierra. Hay algunos que hablan de hablarle a la tierra. Si es que escucha no creo que se interese por nada de lo que tengamos para decirle. La eternidad de este río es un testimonio de eso. Ha fluido desde las grandes Cascadas antes de que la región hubiera sabido jamás del hombre. Ha fluido a través de los tiempos de la gente por la cuál ha sido nombrado, un subgrupo de los pueblos Salish Sureños Costeros. Ha fluido a través de la llegada de los europeos. Ha fluido a través del declive de los pueblos Stillaguamish que vivían a su merced. Ha fluido a través del auge de la industria maderera, la agricultura y la expansión de la modernidad. Y aún fluye y continuará fluyendo. La tierra no necesita de la humanidad. “Y tú también perecerás. Al igual que todas las cosas. Y yo permaneceré” parece decir con una sonrisa satisfecha.

Y aunque encuentro que no tengo nada que decirle al río, me parece que hay mucho que él tiene para decirme. Puede que no tengamos nada que decirles a los dioses, a lo innombrable. Pero que lo que podemos recoger de lo inefable es inconmensurable, me parece a mí indudable. Hay una sabiduría en las incesantes corrientes del río, en las ancestrales marcas que ha hecho sobre el paisaje de las tierras bajas del estrecho de Puget por incontables miles de años. Enseña la forma de las cosas. Enseña de esa indomable realidad final. Con su presencia perdurable ilumina la pequeñez y transitoriedad del hombre y la duradera gloria de la tierra. Habla de esa eterna y tranquila gloria de la tierra salvaje. Esa salvación de lo inhumano que predica es dada a nosotros por la disolución de nosotros mismos en la gran belleza del todo. De La Torre Más Allá de la Tragedia de Robinson Jeffer:

…Esta noche, tumbado en la ladera, enfermo

con estas visiones, recuerdo

El cuchillo en el tallo de mi humanidad; lo saqué y se quebró;

Entré en la vida del bosque marrón

Y la gran vida de las cumbres antiguas, la paciencia de piedra,

Sentí los cambios en las venas

En la garganta de la montaña, una partícula en muchos siglos, tenemos

nuestro propio tiempo, no tuyo; y yo era el arroyo

Drenando el bosque de la montaña; y yo el venado bebiendo; y yo era

las estrellas,

Ardiendo con luz, vagando solo, cada uno el señor de su propia

cima; y yo era la oscuridad

Fuera de las estrellas, las incluí, eran parte mía. Yo era

humanidad también, un liquen en movimiento

En el costado de la piedra redonda… no han hecho palabras

para eso, para ir detrás de las cosas, más allá de horas y eras,

Y ser todas las cosas todo el tiempo, en sus retornos y pasajes, en su

centro sin movimiento y sin tiempo…

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