(es) ¿En que sueña el mundo?

Tomado de Revista Extinción.


“El Dios salvaje del mundo es misericordioso en ocasiones, con aquellos que piden misericordia, pero no lo es a menudo con los arrogantes.”

En estos días de crepúsculo, el hombre sueña con su muerte. Una figura solitaria, sobre la cima del precipicio, contemplando un oscuro océano tormentoso debajo de un cielo de hierro. Por debajo de la roca, la conciencia volcánica hace su pulso. Los ojos más allá de los muros llameantes se abren de un parpadeo. La fuerza aniquiladora del mito de la superioridad humana nunca ha sido más rotundamente visible. Ningún poeta comprendió este mito mejor que Robinsón Jeffers. Él se para a nuestro lado en el precipicio del vacío. Jeffers es verdaderamente el poeta de nuestra quejumbrosa y clamante era. Él rechazo totalmente la noción de que la vida humana es más importante o valiosa que la vida de otras criaturas, o que la existencia de un guijarro, un grano de arena o una partícula de polvo. Él vio la historia humana, como una marcha inexorable hacia el olvido, pero también percibió la conciencia del universo, el espíritu de todas las cosas, y así, vio a la humanidad como debe ser imbuido también un niño del universo, con una chispa de esa conciencia también, sin importar que tan profundamente enterrado esté por debajo de los eones de vanidad.
A forma de una rápida nota de gestión doméstica, elegí no discutir los poemas de Jeffers de narrativa extensa en el ensayo que está a continuación, a pesar de que contienen quizás la versión más articulada de su filosofía y sus versos con más estilo. En su lugar, me centré en presentar un amplio rango del trabajo de Jeffers desde varios puntos de su carrera, con la intención de dar al lector inexperto de Jeffers una exposición más amplia de sus ideas.
Al ser hijo de un ministro presbiteriano y profesor en literatura del Viejo Testamento, las influencias tempranas de Jeffers fueron los clásicos y la Biblia. Pero mientras que Cristo era el “señor y capitán” en la vida de su padre, como Jeffers escribió en el poema “Para Su Padre”, el “siguió otras guías…” a través de años agazapado como pantera escondida, para no ser trofeo en la pared salvaje de un templo. Entre estas “otras guías” estaban los trabajos de Freud y Jung en el misterioso paisaje sombrío del inconsciente, tanto como el trabajo seminal de James Frazer sobre magia, mito y ritual. Entre todo esto recae la convicción fuertemente sostenida de que la humanidad estaba condenada y aquella historia estaba destinada a terminar en ruinas, decadencia y putrefacción. Jeffers mismo reconoce que mucha de su poesía temprana estaba simplemente “imitando a Shelly y a Milton,” aunque sin su originalidad. Parte de este estilo arcaico era un intento de separarse a sí mismo de algunos contemporáneos tales como Pound y Eliot, quienes estaban comprometidos con la innovación de formas poéticas. Como Jeffers escribe en su introducción a la reedición de Roan Stallion, Tamar y otros Poemas, por parte de la Biblioteca Moderna, él no podía convertirse en “un moderno.” El rechazo de Jeffers al modernismo como un estilo o estética literaria, por supuesto, refleja su rechazo aún más profundo a la modernidad como una experiencia de vida e historia. Los proyectos utópicos que moldean el mundo tales como la Ilustración al igual que sus herederos, se mostraron para Jeffers como retorcidos, venenosos y perniciosos.
Las promesas de los revolucionarios siglos XVIII y XIX, promesas y visiones de un paraíso mundial en el cual el sufrimiento y la lucha desaparecerían como la niebla, antes de que el sol llameante guiara inexorablemente a los horrores del siglo XX y más allá. La fantasía del progreso, aquella historia que se movía hacia la perfección de la humanidad y la sociedad humana eliminó los últimos lazos que unían nuestra especie al cosmos. Jeffers vio esto más claramente que nadie. Las guerras mundiales, la proliferación de armas nucleares, la dominación de la sociedad tecno-industrial eran simplemente la culminación de un proceso que había empezado hace mucho tiempo.
Quizás la mayor influencia sobre el trabajo de Jeffers fue el paisaje y el carácter de la línea costera central de California. Jeffers y su esposa Una, se mudaron a Carmel, California en 1914. Habían intentado asentarse en Europa pero la guerra cambió sus planes. A lo largo de esta pendientes rocosas. Jeffers descubrió una conexión profunda y poderosa al lugar. Él y Una vivieron en Carmel por el resto de sus vidas. Mientras construía una casita de campo de piedra para su esposa y sus hijos gemelos. Jeffers también halló su amor por la albañilería y el trabajo en piedra. Esto se volvería uno de los temas más importantes de su poesía.
La piedra nos da la impresión de permanencia, la fuerza y la edad antigua del mundo natural. Aquellos que trabajan con piedra puede que sientan que tienen el poder de manipular substancias primordiales, los huesos del mundo. Al mismo tiempo, para conocer la esencia de las piedras, uno también debe saber qué tan limitada es nuestra capacidad para realmente imponernos en el mundo. Porque tan titánicas como lo son para nosotros, las piedras mismas se disolverán hasta volverse una nada con el tiempo. Pero los humanos parecen tener este impulso de tallar nuestras caras a los costados de las montañas para poder alucinar con fantasías de inmortalidad. La humanidad está atrapada como si estuviese en medio de estos dos polos, la transitoriedad y la ilusión de permanencia.
La poesía de Robinsón Jeffers refleja la tensión entre estos polos, tanto como la condición de esperanza y desesperación que conllevan.
Jeffers enfatiza constantemente tanto el absurdísimo como la malicia de la raza humana y el poder inconquistable del mundo. Los símbolos geológicos son invocados frecuentemente por Jeffers para dramatizar la pequeñez del mundo humano y lo vasto de la naturaleza. En “Para los Corta-Piedras” él caracteriza a la humanidad como los “retadores del olvido / derrotados de antemano.” Todos los productos de la labor humana constituyen un desafío para la indiferencia del universo, lo que aparenta ser el “olvido” para el limitado intelecto humano. De acuerdo a Jeffers, nosotros construimos, soñamos y luchamos para probarnos a nosotros mismos, para probar que tenemos alguna significancia y más que eso, para probar que el universo tiene alguna clase de substancia que nosotros podemos comprender, alguna estructura, algún significado. En lugar de las arremolinadas tormentas de caos y violencia que secretamente tememos. Es cierto que, de todas maneras, nuestros mejores esfuerzos están condenados antes de que empecemos. Jeffers continua, “el poeta tanto / construye su monumento burlonamente; / por lo que el hombre será obscurecido, la jovial tierra se muere, el / valiente sol / muere ciego y ennegrece el corazón.”
El desafío de la humanidad es irónico, en alguna parte profundamente dentro nuestro.
Sabemos a fin de cuentas que nuestra existencia es contingente y temporal, como individuos y como especie, por lo que también sabemos que la tierra, el sol y el universo mismo tienen una esperanza de vida limitada. Como nosotros perecemos, como nuestra obra es olvidada, también la tierra morirá y el sol mismo. La permanencia es delirantemente buscada, pero no puede ser hallada en este mundo. ¿Porque una verdad tan simple es tan difícil de comprender? ¿A pesar del conocimiento abrumador de que todas las cosas pasarán a ser una nada, porque continuamos creando? Jeffers concluye así su poema “las piedras se han sostenidos por mil años, y afligidos / pensamientos hallan / la miel de la paz en viejos poemas.” En otras palabras, es cierto que las piedras, la tierra, y el sol perecerán pero la vida de un ser humano es mucho más frágil y fugaz, tanto que no podemos evitar el estar impresionados por el poder de las rocas y los viejos poemas. Mientras que mil años pueden ser insignificantes en términos de tiempo cósmico, representa algo cercano a la eternidad para la mente de una criatura humana. Jeffers siempre busca comprender el lugar de la humanidad en el cosmos y en este sentido es natural para nosotros el anhelar por cualquier probada de inmortalidad que podamos conseguir, tan ilusoria como finalmente resulte. Esto es algo que parece hacernos lo que somos.
Las rocas y las piedras habitan la poesía de Jeffers como recordatorios de nuestro lugar en el universo pero también como una fuente de nuestro poder. Como la humanidad nació del mundo, debe haber algo del mundo dentro de nosotros. En “El fin del Continente” podemos observar una visión de la humanidad en la cual es pequeña y débil pero forjada de los mismos materiales que el cosmos. Comenzando en el océano durante una tormenta, Jeffers refleja la línea que divide a la humanidad del mundo, “madre, nos has olvidado. / Eras mucho más joven cuando nos arrastramos fuera del / útero y yacimos a la vista del sol en la línea de la marea. / Fue hace mucho y mucho tiempo; nos hemos vuelto orgullosos desde entonces / y tú te has vuelto amarga.” ‘La Madre Tierra’ es representada aquí como una madre ausente, una que ya no tiene ni la energía ni la paciencia para preocuparse por un hijo impulsivo. Para Jeffers, la humanidad no está necesariamente por fuera del mundo natural. La división ha sido la consecuencia de nuestra historia. Y la humanidad no es la única para culpar. El mundo, para la visión de Jeffers, es frío e indiferente. Nuestra soberbia y orgullo desmedido no ha sido abordado con bondad y entendimiento. Nuestra madre es severa y nos castiga con un mundo sobre el que no podemos esperar tener un control completo, con fuerzas que nos hacen dispersar asustados y humillados.
Pero una vez, antes de que la ruptura ocurriera, la humanidad vivía al lado de su madre. Y aun “las mareas están en nuestras venas, aun espejamos las estrellas, la vida / es tu hija, pero existe en mí / más vieja y dura que la vida, y más imparcial, la mirada / que observaba antes de que hubiera un océano.” Tan vasto como es el mundo, y tan pequeños como nosotros somos, el mundo está en nuestro interior. Los océanos y las estrellas. Es cierto que nuestra madre, la tierra, nos dio la vida, pero no somos solo el producto de la vida. Los océanos, las estrellas y las piedras no tienen vida pero aun así nacieron. Estas cosas no deben su existencia al mundo, sino al útero del universo mismo. Como dice Jeffers, hay una parte de nosotros que viene de aquella fuente también. La tierra es nuestra madre pero también tenemos una más grande. Cuando la tierra misma nació, el universo primordial era más antiguo de lo que se puede contar. Aquella substancia flota también a través de nosotros. Jeffers repite este concepto en la estrofa final del poema: “madre, a pesar de que el compás de mi canción es como tu oleaje / vibra a un ritmo antiguo que nunca lo aprendí de ti. / antes de que hubiera agua alguna, había mareas de fuego, ambos de / nuestros tonos fluyen desde la fuente más antigua.”
La fuente antigua es el origen celestial, eso le dio vida a la tierra misma y a nosotros. Es la verdad que mucho de lo que somos viene de la tierra, pero al estar de pie al borde del océano, y ver las olas golpeado las costas de granito, Jeffers se recuerda a si mismo que hay algo dentro de la humanidad que es más antiguo e incluso más poderoso que la tierra, nuestra madre, en este universo, siempre hay algo más viejo de lo que pensamos. Y todos estamos conectados a la fuente más antigua. Jeffers se preocupa por el tiempo y la historia, lo cual ocurre en muchos registros diferentes dentro de su poesía. Es la historia del cosmos, la historia de la tierra y la historia de la humanidad. Al tiempo que Jeffers intenta ensanchar su perspectiva más allá de los límites del defectuoso y frágil ser humano, estas tres historias están yuxtapuestas, depositadas una sobre la otra. Él entiende que los eventos de la historia humana son minúsculos en comparación a los dramas y las tragedias del mundo más allá de nosotros. Sin embargo, mientras que él intenta ver la realidad desde una perspectiva no-humana, Jeffers sabe que siempre estará atado por su naturaleza. Él puede ver este conflicto desenvolverse en “Casa en el peñasco”, un poema acerca de la torre de piedra que construyó para sí mismo en la costa de Carmel. Aquí, Jeffers intenta lanzar su imaginación hacia el futuro y se pregunta a sí mismo qué quedará de su hogar, su vida, e incluso el suelo sobre el cual ha construido esta vida. “si miraras a este lugar luego de un puñado de vidas: / quizás de mis bosques plantados unos pocos / puedan seguir de pie aun.” Luego de un par de cientos de años, Jeffers imagina, algunos árboles que él plantó puedan prevalecer.
“En busca de cimientos de granito erosionados por el mar, mis dedos /poseían el arte de hacer que la piedra ame la piedra, encontrarás algunos restos.” De la casa en los peñascos en sí, puede que haya alguna evidencia. Los cimientos de la casa, hechos de piedras elementales. Lo que quede no perseverará debido a la ingenuidad y diligencia humana, pero porque a la larga, estaba hecha de substancias más allá del poder de la humanidad.” Aquí la habilidad de Jeffers es meramente la del ser capaz de coaccionar en conjunto el poder de las piedras.
Pero Jeffers busca más hacia adelante. Él se pregunta “si debieras buscar en tu ociosidad luego de diez mil años.” De seguro, los árboles que él plantó se han ido hace tiempo. Tanto como cualquier cosa que haya quedado de su hogar y de las orgullosas rocas que prestaron su fuerza a su emprender. ¿Que quedará del lugar? ¿Cómo podría identificarse? “Lo sabrás por la fragancia a mar salvaje / del viento / a pesar de que el océano pueda haber subido o retrocedido un poco; / lo sabrás por las tierras internas del valle.” Algunas características particulares puede que ya no existan, pero la geología del lugar puede persistir aún. El océano quizás siga oliendo al océano, sin importar en dónde yace la costa ahora.
Finalmente, Jeffers se pregunta por sí mismo. ¿Qué del ser permanecerá luego de diez mil años? “No necesitas buscar por mi fantasma; está aquí / probablemente, pero uno oscuro, profundo en el granito, no en el viento danzante / con los rabiosos vientos y la luna del día.” Algún resto de la humanidad puede que persista también. Pero no uno que se pueda percibir en el mundo superior. No una presencia fácil de discernir sino una subterránea, una geológica. Lo más cercano a la inmortalidad que la humanidad puede esperar, es ser trazada en las piedras por debajo de la tierra.

Desde el comienzo de su carrera como un poeta maduro, Jeffers se comprometió de forma consistente con el mundo natural, de una forma que lo deja a él, a un lado. No es meramente la representación de Jeffers de la belleza de la naturaleza lo que importa, más bien lo que esta belleza significaba para él. La naturaleza de Jeffers no es la naturaleza antropomorfizada sobre la cual estamos tan acostumbrados a leer y pensar.
No es la benigna, no es la pura, no es la pacífica, es completamente indiferente a la humanidad, y su poder esta más allá de nuestra comprensión. Sin embargo, como señala Tim Hunt en su introducción a la Selección de poemas de Robinsón Jeffers en la prensa de la Universidad de Stanford, en la poesía de Jeffers encontramos una imagen de la naturaleza que es “intencionalmente no-irónica” y “redentivamente hermosa” (6). El mundo natural nos puede proveer con la única verdad que existe. La sociedad humana no es más que un conjunto de mentiras. Nuestra salvación, tal como es, depende de nuestra habilidad de abandonarnos a nosotros mismos al poder, el flujo y la belleza de la naturaleza.
En su prefacio de la edición de 1924 de Tamar y Otros Poemas, escribe que mientras que estamos inclinados a pensar en la poesía como una forma de
“refugio” del mundo, o un sueño diseñado para verificar nuestro dolor y aliviar nuestra miseria, haríamos mejor al pensar en ella como una “intensificación” del mundo, que nos acerca a lo que realmente es “no una ornamenta, sino algo esencial, no una diversión sino una incitación” (707). Si la naturaleza es el único camino a la verdad, la poesía puede iluminarnos el camino. Para hacerlo “la poesía puede ser rítmica, y debe lidiar con asuntos permanentes” (707). De esta forma la poesía puede orientar la conciencia de los perdidos, débiles y neuróticos modernos de nuevo hacia lo que es real. ¿Qué es real? ¿Qué es permanente? A medida que miramos a nuestro alrededor, nos confrontamos con un vasto número de cosas que son reales, tantas como las que no lo son, que existen meramente como un humo o niebla que se alza desde el agua helada de una pileta de montaña. Están ahí un minuto, pero se han ido al siguiente. Jeffers define esta permanente de la siguiente manera: una vía del ferrocarril por ejemplo, no es tan real como lo es una montaña; es actual, en su sentido fantástico, por un siglo o dos; pero no es real; en la mayor parte del pasado humano, y en la mayor parte del futuro humano no existe” (708).

Estamos rodeados de cosas efímeras, y estás con las cosas con las que nos involucramos mayormente. Es sorpresa alguna entonces, que pensemos como seres de humo, disipándose y volando separados a cada suspiro. Lo que es esencial, permanente, es olvidado por la humanidad moderna: “aquí esta lo que hace que las vidas de la ciudades modernas estén secas de poesía; no es una vida duradera; y es vivida entre irrealidades” (708). La insistencia de Jeffers sobre las propiedades rítmicas de la poesía reitera esta articulación de lo esencial y lo permanente.
La rítmica poética para Jeffers no es una cuestión de entendimientos convencionales de cadencia, metro o verso. Es un fenómeno geológico, la fuerza vibrante y resonante del mundo viviente en todo su estado cíclico y duración. El movimiento de las mareas oceánicas, la marcha del sol y de la luna, la recurrencia sin fin de la vida y la muerte. El ritmo es lo que hace la poesía: “La prosa pertenece más a ese mundo de interior en donde las luces de las lámparas anulan los regresos del día y la noche, y olvidamos las temporadas” (709). La Poesía, para Jeffers, es lo que nos recuerda nuestra conexión con el flujo y el retorno; esta es la razón por la que “su trabajo continúa hablándole a lectores que perciben que nuestro entorno tecnológico nos posiciona en una falsa relación con el espacio, tiempo, y el mundo físico.” En su ensayo de 2011, Tim Hunt atrae nuestra atención a la “Pesca de Salmon” como un ejemplo primordial de la concepción de Jeffers de la humanidad y su relación el mundo:

Los días se acortan, el sur sopla ampliamente por las lluvias ahora,
El viento del sur le grita a los ríos,
Los ríos abren sus fauces y los salmones salados
Libran una carrera hacia la corriente de agua dulce que entra al mar.
En el mes navideño en contra de lo ardiente y amenazante
De un largo y furioso atardecer,
Ceniza roja del solsticio oscuro, ves a los pescadores,
Lamentables, crueles, primitivos,
Como los curas de la gente que construyó Stonehenge,
Oscuras y silenciosas formas, amaestrando
Remotas solemnidades en los bajíos rojos
De la boca del río en la vuelta del año,
Dibujando más cercanamente a la tierra sus lingotes vivos, las bocas sangrientas
Y escalas llenas de atardecer
Los tics en las rocas, nada más por lo que vagar en la voluntad
La postura salvaje del Pacifico ni displicente y desovada
A la carrera hacia aguas frescas.

Quizás estemos inclinados a pensar en el pescador como una figura foránea que interrumpe la belleza, serenidad y paz del río. Ellos son “lastimosos, crueles,” de hecho, en los primeros bosquejos del poema, Jeffers escribe sobre los pescadores “torturando” al pez. Pero la violencia que ellos conllevan es en sí un reflejo del mundo mismo, y así la humanidad es parte del mundo sin importar que tan brutal sea o que tan manchada de sangre esté.
El sol mismo es amenazador y “furioso” aquí. Como escribe Tim Hunt, “Jeffers proyecta un mundo en el cual el salmón y el pescador están inmersos en un paisaje de sacrificio compuesto por fuego y sangre.” Los pescadores, conectados a los curas de Stonehenge, son parte de un linaje antiguo de humanos constituido de violencia, y Jeffers es veloz al hacer énfasis en el hecho de que el sacrificio de una vida humana no tiene mayor peso que el sacrificio de un salmón. Todos estamos unidos por los mismos rituales de sangre.
Aun así, incluso en esta visión de ritos macabros, crueles y mortuorios,
Jeffers afirma la belleza y el significado del mundo. Al final, no son los pescadores quienes resultan la fuente del dolor, es el flujo del mundo, la “constante alteración de la muerte y la renovación.” Entendido correctamente, la humanidad juega un rol en este aspecto. La humanidad está conectada con el mundo a través de sus rituales empapados-de-sangre y masacres. El reto de Jeffers para con el lector, según expone Hunt, “es ver e identificar con el todo” y evadir la tentación de meramente observar “el flujo de la naturaleza en lugar de identificarse con él y reconocer el fin de uno y la participación inevitable en él.” Este es el poder visionario de Jeffers; él entiende el lugar de la humanidad en el cosmos, y está dispuesto a aceptar las aterradoras y asombrosas consecuencias.
Fuera de la tierra y aun totalmente incapaz de agarrar lo vasto de las fuerzas que determinan nuestras vidas. La humanidad contiene dentro de sí misma el acceso a algo inmensurable, los átomos de las estrellas, el espíritu de la creación, la respiración de dios. Y aun así, como nos recuerda Jeffers rápidamente, abandonamos este poder para dar lugar a ilusiones salidas de nuestras mentes desordenadas. Tanto de la existencia humana es gastado, por ejemplo, en la búsqueda de la felicidad, un asunto que Jeffers aborda en su poema de 1924 “Joy” (“Alegría”):
A pesar de que la alegría es mejor que la pena, la alegría no es genial;
La paz es genial, la fuerza es genial.
No es por alegría que las estrellas arden, no es por alegría que el buitre
Esparce su vuelo gris en el aire
Por sobre la montaña; no es por alegría que la cálida montaña
Se mantiene de pie, por años como el agua
Hace zanjas a sus largos lados. “No soy ni montaña ni ave
Ni estrella; y busco la alegría.”
La debilidad de tu raza: aun en la extensa calma
Cubrirá aquellos ojos nostálgicos.

La visión de Jeffers del mundo no es una sin valor, postula un valor que suplanta el valor del mundo humano. Hay grandeza en la fuerza y en la paz, aunque debemos comprender que la última no implica una ausencia de violencia y sangre. Hay fuerza en la montaña, hay paz en la gracia del ave que remonta su vuelo a través de las nubes por sobre nosotros. El congelado corazón radiante de la estrella. La noción de alegría, de todas formas, es foránea al mundo. Es un concepto que existe únicamente entre los humanos dentro de una sociedad. Un concepto de la verdad más limitada. Como escribe Jeffers, nuestros deseos de felicidad son una falla hereditaria y no encontrarán bases en el mundo que existe más allá de nosotros. De cualquier forma, de nuevo, siempre volvemos a nuestra fuente y eventualmente seremos librados de nuestra furiosa búsqueda por cosas que no existen por el solo hecho de nuestra existencia en el mundo al cual rehuimos.

La “muerte” como escribe Jeffers en otra parte, “no es malvada”. ¿Quién buscará algo llamado alegría? Únicamente la cosa extraña que somos nosotros. Ni siquiera eso. En otoño las hojas caen y el cielo se vuelve oscuro y frío. Estamos en el bosque ahora, vagando y perdidos. Las hojas secas raspan nuestra piel suave y escarpadas espinas rasgan. Un viento se alza y sacude los árboles chuecos, su susurro nos calma en nuestro terror. “Sin importar / Que pase con el hombre… Es cierto que el mundo está bien hecho.” Debemos disolvernos en el universo. ¿En que sueña el mundo? ¿La tierra, quien se cree que es?
Piensa, piensa, piensa. Nada es más humano y aun así nada es más aborrecedor para con la vida. Para Jeffers, como hemos visto, la verdad de la unión de la humanidad con el cosmos recae en nuestra capacidad de percibir los ritmos y la belleza del mundo. No es una belleza que se conforma fácilmente con lo que crea la humanidad en su mente. Lo que vemos es solo una belleza de fragmentos, los cuales han sido violentamente hechos pedazos y esparcidos. Buscamos la razón. ¿Pero que podríamos encontrar que recaiga por fuera del mundo, el cual es también nosotros mismos? Sabemos que el amor no obedece ninguna tiranía de la razón. Ni lo hacen la belleza y el mundo infinito. En “Disculpa por Malos Sueños” Jeffers escribe:
He visto las maneras de Dios: No sé de razón alguna
Por el fuego y el cambio y la tortura y los viejos regresos.
Él siendo suficiente puede que sea aun así. Pienso que ellos no admiten razón. Alguna; son las maneras de mi amor.
Un poder desmesurado, pasión increíble, oficio inmenso; ningún pensamiento
Aparente pero ardiendo de forma oscura
Ahogándose con su propio humo en la bóveda-cerebral humana: ningún
Pensamiento por fuera.

Las maneras del mundo deberían permanecer siempre impenetrables, al tiempo que nos ahogamos a nosotros mismos en el humo de los pensamientos que no se espejan en la corriente o en los bosques que se oscurecen. En los médanos, en las apresuradas nubes, no hay pensamiento. Desesperadamente y llenos de rabia preguntamos en el lenguaje de la razón. Y por lo tanto no recibimos nada más que polvo y sombra. Fuego ¿Porque arde el mundo? Cambió. ¿Porque todo debe de ser cómo es? Tortura. ¿Porque debemos temer?
Y después de todo, solo hay flujo y retorno. Hay amor en las cosas que percibimos como horror cuando miramos por sobre ellas con ojos nublados de razón. ¿Pero qué fuerza nos espera cuando caminamos por el sendero del amor? Poder más allá de lo imaginable y una pasión que puede sacudir los pilares del tiempo.
Al final, el mundo no es para nosotros, a pesar de que una flor que florece desde las estrellas duele en nuestros corazones. Necesitamos únicamente mantenernos entre las ruinas para comprender. A través de la poesía de Jeffers se nos recuerda que la humanidad es algo pasajero. Un día estuvimos aquí y al siguiente nos habremos ido. Los huesos de la tierra no lo habrán notado. Incluso ahora, cuando nos enfrentamos a la realidad de todo el horror que la humanidad ha escrito sobre la tierra.
Jeffers se levanta para señalar gentilmente al bosque que reclama las granjas abandonadas y el joven árbol que empuja a través de los escombros.
En “Amor-Niños”, Jeffers cuenta la historia de una joven pareja de enamorados, quienes hicieron su vida juntos en una pequeña choza a un lado del océano. Ellos buscaron vivir de forma pura, junto al zorro y la ardilla. Agazapados, desnudos, al igual que lo salvaje. Sus pasiones, sus luchas, la llama que trajeron perecerían con el tiempo. Y los caminos que tallaron al lado de las pendientes quedarían cubiertos y el tiempo se tragaría cada trazo de ellos: “Lamento mucho el pensar que aquí hay un planeta / Continuará al igual que esta cañada, perfectamente entera y contenta, luego de que la humanidad sea / removida de la caldera.” Al final, si la humanidad regresa o no al camino, como estos salvajes, amorosos niños de miradas brillantes, no importa, porque a su tiempo seremos limpiados de estas costas y bañados en “la fuente de las estrellas hirvientes” y el mundo permanecerá hasta que el sol mismo se marchite hasta perecer.

FIN DE LA PARTE I

Traducido por “Apocalíptico” y por “Animal Inhumano”, del original en inglés escrito por Ramon Elani.

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