(es) Fragmento

Traducción de “Fragment”, a cargo de Zúpay.


La gente contemporánea piensa que la mejor manera de deshacerse de las influencias del pasado, es meramente olvidarlas. De cualquier forma, todo lo que resulta de esto, es la creencia en conceptos vagos con orígenes poco comprendidos. Aquí, me gustaría postular, el lazo intimo entre la alquimia y la política. Desde Descartes hasta Hegel y más allá, la influencia de las artes ocultistas en la sociedad es más que evidente. Isaac Newton estaba tan obsesionado con la alquimia como lo estaba con la física. La alquimia es la transformación de metales ordinarios en metales tan preciosos como el oro o la plata, a menudo a través de incitación u otros rituales simbólicos. La idea resaltada detrás de esto era la transformación: pasar de algo ordinario y poco atractivo a algo extraordinario y deseable. Esta transformación cautivó las ideas de los pensadores modernos, especialmente una vez que la disciplina científica descartó la alquimia como un medio para transformaciones físicas. ¿De qué otra forma interpretaríamos el dicho de Hegel respecto a que la razón es “la rosa en la cruz del presente”?

Así que, en lo que se ha convertido la política radical en particular (no que muchos le sigan prestando atención), es la idea de que una sociedad mejor y más deseable puede emerger desde un millón de puntos de banalidad. Esto es, que una masa de autómatas no educados e indisciplinados puede crear una utopía si solo se agrega un ingrediente mágico (ideología, política, religión, etc.), como si los seres humanos tuvieran múltiples vidas para vivir, y esas vidas no fueran absorbidas por la subsistencia, manteniendo el cuerpo y el alma, juntas, y quizás atrapando fragmentos de entretenimiento cada tanto. Como si la vida pudiera ser de otra manera, solo si tenemos la voluntad de eso. Están aquellos que podrían hablar acerca del material, o de las razones políticas de porque esto puede ocurrir, pero el hecho de que no haya pasado y no muestre señales de ocurrir me permite ignorar sus argumentos.

¿Qué es entonces, lo único que queda por hacer, más que purgarse a uno mismo de esta especie de pensamiento utópico: rechazar al humano en sí mismo con todas sus supuestas obligaciones y constricciones? Si la banalidad es lo único que hay, ¿el sueño de escapar de ella no se convierte también en algo banal? ¿No se convierten los sentimientos más elevados en el más pueril escapismo, los esfuerzos más titánicos meramente en un fútil soplo de aire? ¿En otra (quizás levemente más interesante) forma de “pasar el tiempo”? Y aun esta banalidad atrapa incluso al bienintencionado en un círculo vicioso que destruye todo lo que es digno de alguna admiración y asombro por dentro y fuera de nosotros. ¿Qué queda entonces más que la completa negación, la falta de preocupación por los híper-civilizados y sus códigos morales? ¿Que el desdén absoluto incluso para con la mejor concebida Utopía o “espacio liberado”?

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