(es) Moralidad

Traducción del “Morality” de Antisocial Evolution.


La moral es la teoría de que todo acto humano debe ser bueno o malo. El propósito de todos los sistemas morales es fijar el comportamiento humano mediante la imposición de normas absolutas, diseñadas de tal manera que permanezcan más allá del examinar y de la crítica. Todos los sistemas morales se presentan como la norma superior, la ley absoluta, el orden perentorio que impone a todo el mundo, en todo momento, lo que deben hacer y lo que no deben hacer, aplicable a todos los seres humanos sin excepción.

Para comprender plenamente cómo funciona la moralidad como mecanismo de control, es útil examinar las funciones psicológicas subyacentes a los códigos morales y las justificaciones utilizadas para exigirles la obediencia universal. Hasta hace poco una de las más comunes de estas justificaciones era un llamado Dios y, de hecho, esto no ha desaparecido por completo. Este dios nos dice lo que es correcto o incorrecto o así dice la creencia. Este concepto metafísico del sueño emite reglas para que nosotros obedezcamos, y si nos negamos a hacerlo, este dios nos castigará horriblemente. Sin embargo, al amenazar a otras personas de tal manera, el moralista ha cambiado la cuestión a una cuestión de moralidad, a otra de conveniencia, a evitar los dolorosos resultados de no someterse a alguien o algo más poderoso que nosotros mismos.

Por supuesto, hay quienes no creen en un dios que no obstante son creyentes en la moralidad. Estos moralistas humanistas buscan una sanción para sus códigos morales en alguna otra idea fija: el Bien Común; una concepción teleológica de la evolución humana; las necesidades de la humanidad o de la sociedad; derechos naturales, y así sucesivamente. Un análisis crítico de este tipo de justificación moral demuestra que no hay más detrás de el que hay detrás de “la voluntad de Dios”. Conceptos como el “bien común” o “bienestar social” son meras piezas retóricas de gran resonancia utilizadas para disfrazar los intereses particulares de quienes las utilizan.

Es precisamente este disfraz de intereses particulares como leyes morales que se esconde detrás de la mascarada ideológica de la moralidad. Los sistemas morales funcionan como un ocultamiento del propósito real y del motivo y casi siempre son una “voluntad de poder” disfrazada. Empape los planos luminosos de los Salvadores Morales de la Humanidad en el ácido del análisis brutal y vea el patrón escondido en el rollo: el deseo de forzar una cierta línea de acción sobre todos, el deseo de gobernar y reprimir. Sólo cuando, en ciertos momentos y lugares, por medio de la fuerza física o de la astucia superior, algunos logran imponer su particular interpretación moral a los demás desde una sola moral que triunfa, comprendida y seguida por todos de la misma manera -como en la Edad Media, cuando la Iglesia católica había disuelto toda la variedad en unidad, o como vemos hoy en ciertas partes del mundo islámico.
Uno de los usos más populares del mito moral es añadir una guarnición al plato ya desagradable de la política. Al convertir incluso las más insignificantes de las actividades políticas en una cruzada moral, se puede asegurar el apoyo de los crédulos, los vengativos y los envidiosos, así como dar una pseudo-fuerza a los débiles y los vacilantes. Si bien es de esperar que aquellos que deseen gobernar a otros invoquen reprimendas morales en un intento de convertir (o purgar) al iconoclasta ideológico desviador o crítico, es profundamente desalentador observar a los autoproclamados anarquistas actuando en la misma farsa, en la forma de los códigos del discurso políticamente correcto, las restricciones dietéticas, las elecciones de los consumidores, la ética social dogmática y las moralidades esclavistas como el pacifismo. Es difícil imaginar algo más deshilachado, más irremediablemente plausible, para fundar una rebelión antiautoritaria que la moral, pero los anarquistas lo hacen todo el tiempo, en detrimento de su propia lucha y credibilidad.

El egoísmo consciente del egoísmo – no es ni moral ni inmoral. Está más allá del “bien y el mal”. Es amoral. Un egoísta puede ser veraz o mentiroso, considerado o desconsiderado, generoso o cruel, de acuerdo con su naturaleza, gustos o circunstancias, y a su propio riesgo, pero no está obligado a ser ninguna de estas. Puede comportarse de una manera que la moral llama “buena” o de una manera que ellos llaman “mal”, pero lo hace porque juzga su interés por mentir en una dirección u otra, no porque esté poseído por el espectro del moralismo o del inmoralismo.

Mientras que el moralista tiende a ver los conflictos entre individuos (y grupos e instituciones) en términos de “correcto” e “incorrecto”, el egoísta nunca considera a un adversario correcto o incorrecto en ningún sentido moral. Cada uno está simplemente persiguiendo el cumplimiento de su propia agenda, y si el conflicto no puede ser resuelto de otra manera, debe ser resuelto por la fuerza. Pues, no se equivoquen, al repudiar la idea de moralidad, los egoístas no hacen excepción a la “violencia”. Tampoco trazan ninguna distinción piadosa entre la iniciación de la fuerza o la fuerza de represalia. Se usa cualquiera de las formas si es una manera conveniente de perseguir un fin dado, y para el egoísta no hay ley moral que prohíba la violencia a la que deben subordinar su voluntad a la soberanía personal.

Para el egoísta consciente, la inexistencia de la moralidad es tan cierta como dos y dos hacen cuatro, y en este sentido, el egoísmo supera los límites de las más audaces especulaciones del anarquismo sobre la soberanía individual, actuando como un disolvente poderoso para una imaginación obstruida por teorías de “correcto e incorrecto”. Sólo después de escudriñar todo el horizonte de la amoralidad -la nada que queda en ausencia del bien y del mal o de cualquier otra autoridad metafísica- el individuo se encuentra cara a cara con una libertad emocionante y terrible en la que nada es verdadero y todo está permitido.

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