(es-it-en) La relación entre el pesimismo y el individualismo

Traducción al español del texto “Relation ship between pessimism and individualism”, publicado originalmente en inglés en el sitio afín de sangre Antisocial Evolution.

Traducción disponible también en italiano.


El siglo que acaba de pasar es sin duda alguna el siglo en el cual el pesimismo ha encontrado sus más numerosos, su más variados, sus más vigorosos y sistemáticos interpretes. En adición, el individualismo fue expresado en aquel siglo con excepcional intensidad por representantes de alta calidad.

Podría ser interesante el unir estas dos formas de pensamiento, dominantes en nuestra era; para preguntar cual es la conexión lógica o sentimental que existe entre ellas, y en que grado el pesimismo engendra al individualismo y el individualismo engendra al pesimismo.

Pero la pregunta así esbozada es demasiado general. Hay muchos tipos de pesimismo y muchos tipos de individualismo. De entre estos últimos hay uno que de ninguna forma implica pesimismo, y ese es el individualismo doctrinario que desciende de la Revolución Francesa y al cual tantos moralistas, juristas y políticos de nuestro siglo están aferrados. Este individualismo podría ser tomado como su lema la frase de Wilhelm von Humboldt que Stuart Mill eligió como epígrafe de su “Ensayo sobre la Libertad”: “El gran, liderante principio, hacia el cual cada argumento se desenvuelve en estas páginas converge de forma directa, es la importancia esencial y absoluta del desarrollo humano en sus diversidades más ricas.” Los individualistas de este tipo creen que todos los individuos humanos pueden desarrollarse armónicamente en sociedad, que su misma diversidad es una garantía de la riqueza y belleza de la civilización humana.

Estos individualistas son racionalistas. Tienen fe en la razón, al principio de orden, de unidad y de armonía. Son idealistas: tienen fe en un ideal de justicia social, unitario y ególatra, ellos creen, a pesar de diferencias individuales y desigualdades, en la unidad profunda y real de la raza humana. Estos individualistas son “humanistas” en el sentido que le da Stirner a esta palabra: solidaristas, socialistas, si tomamos este ultimo término en su más amplio sentido. Su individualismo es volteado hacia afuera, hacia la sociedad. Es un individualismo social, en el sentido de que no separa al individuo de la sociedad, los cuales no posicionan en forma opuesta el uno con el otro. Por el contrario, ellos siempre consideran al individuo como un elemento social que armoniza con el todo y que sólo existe en función del todo. No vamos a insistir sobre este individualismo, el cual implica obviamente un optimismo social más o menos firme.

El individualismo que tenemos en mente aquí es completamente diferente. El individualismo no es una doctrina política, jurídica y moral, sino una actitud psicológica y moral, una forma de sensibilidad, una sensación personal de vida y una voluntad personal de vida.

Es imposible encajar en una definición a todos los rasgos, todos los grados, todas las matices de esta disposición psicológica. Afecta un tono especial en cada alma a la que se hace conocer.

Podemos decir que a forma de una sensación personal de vida, el individualismo es el sentimiento de unicidad, de individualidad en la cuál tiene de lo diferencial, lo privado, y lo in-revelable. El individualismo es una atracción a la interioridad del sentimiento, a la inspiración individual frente a convenciones social e ideas preconcebidas. El individualismo trae implícito un sentimiento de inefabilidad personal, una idea de superioridad intelectual y sentimental, o aristocracismo interior. De diferencia irreductible entre un ego y otro, la idea de unicidad. El individualismo es un regreso al ser y una gravitación al ser.

A forma de voluntad personal de vida el individualismo es un deseo de “ser uno mismo”, de acuerdo al deseo de un personaje de Ibsen (Peer Gynt), un deseo de independencia y originalidad. El individualista quiere ser su propio creador, su propio proveedor de verdad e ilusión; su propio constructor de verdad e ilusión; su propio constructor de sueños; su propio constructor y demoledor de ideales. Este deseo por originalidad puede, incidentalmente, ser más o menos energético, más o menos demandante, más o menos ambicioso. Más o menos feliz, demasiado, de acuerdo a la cualidad y el valor de la individualidad en cáusa, de acuerdo a la amplitud del pensamiento y de acuerdo a la intensidad de la voluntad por poder individual.

Sea como una sensación personal de vida o una voluntad personal de vida, el individualismo es o tiende a ser anti-social: si no lo es desde el principio, inevitablemente se convierte en aquello de forma posterior. El sentimiento de la profunda unicidad del ego, deseo de originalidad e independencia, el individualismo no puede evitar el generar un sentimiento de silenciosa lucha entre el ser individual y la sociedad. De hecho, la tendencia de cada sociedad es reducir el sentimiento de individualidad tanto como sea posible: el reducir la unicidad mediante el conformismo, la espontaneidad a través de la disciplina, instantaneidad del ser mediante la precaución, sinceridad de sentimiento a través de la falta de sinceridad inherente en toda función definida socialmente, confianza y orgullo en el ser mediante la humillación inseparable de cualquier tipo de entrenamiento social. Esta es la razón por la cuál el individualismo se convierte aquí en un principio de resistencia interna pasiva o activa, de oposición silenciosa o declarada a la sociedad, un rechazo a someterse a ella; una desconfianza en ella. En su esencia, el individualismo desprecia y niega el vinculo social. Lo podemos definir como la voluntad de aislamiento, un compromiso sentimental e intelectual, teórico y práctico de abandonar la sociedad, si no de hecho – siguiendo los ejemplos de los solitarios de Thebeiad o el más moderno de Thoreau – al menos en espíritu e intención, mediante una forma de retirada voluntaria e interior. Este distanciamiento de la sociedad, esta aislación moral voluntaria que podemos practicar en el núcleo mismo de la sociedad puede tomar la forma de la indiferencia y resignación tanto como aquella de revuelta. También puede asumir la actitud de espectador, la actitud contemplativa del pensador en una Torre de Marfil. Pero siempre hay en esta indiferencia adquirida, en esta resignación o este aislamiento expectante, un vestigio de revuelta.

Sentimiento de unicidad y una expresión más o menos energética de la voluntad de poder personal; voluntad de originalidad, voluntad de independencia, voluntad de insubordinación y revuelta, voluntad de aislamiento y de retirarse hacia el ser. Aveces también voluntad de supremacía, al despliegue de fuerzas sobre y en contra de otros, pero siempre con un regreso al ser, con un sentimiento de infalibilidad personal, con una confianza indestructible en uno mismo, incluso en la derrota, incluso en el fallo de las esperanzas e ideales. Intransigencia, inaccesibilidad de convicción interna, fidelidad a uno mismo hasta el amargo final. Fidelidad a las ideas mal comprendidas de uno, a la voluntad impregnable e inexpugnable de uno: el individualismo es todo esto, sea globálmente o en detalle, este elemento o aquel, este matíz o aquel predominante de acuerdo al caso y la circunstancia.

El individualismo, entendido como acabamos de expresarlo, es decir, como una disposición interna del alma, individualismo como sensación y voluntad ya no es más, como el individualismo del cuál hablamos arriba, como individualismo político y jurídico. Es volteado hacia adentro. Se posiciona al principio o busca refugio al final en el ser interior irrompible e intangible.

Decir que hay una cercana relación psicológica entre las sensibilidades individualistas y pesimistas casi significa declarar lo obvio. El Pesimismo supone un individualismo básico. Supone la interioridad del sentimiento, el regreso al ser (casi siempre doloroso) que es la esencia del individualismo. Mientras que el optimismo no es nada más que una tesis metafísica abstracta, el eco de rumores doctrinarios, el pesimismo es la sensación de vida vivida; viene del interior, de una psicología individual. Procede de aquello que es más intimo en nosotros: la habilidad de sufrir. Predomina entre aquellos de naturaleza solitaria quienes la vida los ha retirado hacia ellos mismos y ven la vida social como dolor. Pesimistas de pura-sangre, los grandes artistas y teóricos del sufrimiento, vivieron de forma solitaria y como extraños entre los hombres, cercenados en su ego cómo si fuese un fuerte desde el cual han dejado caer una mirada fija irónica y altiva sobre la sociedad de su especie. Y entonces no es por accidente, sino por virtud de una correlación psicológica intima que el pesimismo es acompañado por una tendencia hacia el aislamiento egoísta.

De forma inversa, el espíritu individualista esta acompañado por el pesimismo de forma casi predestinada. ¿Acaso no nos enseña la experiencia tan vieja como el mundo que la naturaleza del individuo se sacrifica a la especie? ¿Que en la sociedad es sacrificada al grupo? El individualismo llega a una concepción resignada o desesperanzada de la antinomias que llegan entre el individuo y las especies por un lado, y entre el individuo y la sociedad por el otro.

Sin duda la vida triunfa perpetuamente sobre esta antinomia, y el hecho de que a pesar de todo la humanidad continua viviendo parece ser una respuesta indiscutible que refuta tanto el pesimismo como el individualismo. Pero esto no es seguro. Por lo que si la humanidad como especie y como sociedad persigue su destino sin preocuparse por las quejas o revueltas de los individuos, el individualismo no muere a causa de eso. Siempre derrotado, nunca domado, es encarnado en almas de un calibre especial, imbuido con el sentimiento de su unicidad y fuertes en su voluntad de independencia. El individualismo sufre una derrota en cada individuo que muere luego de haberle servido a fines y rendido a fuerzas que existan mas allá de el. Pero sobrevive a través de las generaciones, ganando en fuerza y en claridad mientras que la voluntad humana de vida se intensifica, diversifica y refina en la conciencia individual. Es así que se afirma la consistencia dual del pesimismo y el individualismo, unidos indisolublemente e interconectados.

Sin embargo, es posible que este lazo psicológico que creemos haber descubierto entre el pesimismo y el individualismo no es nada mas que una visión a priori. Si en lugar de razonar acerca de las similitudes psicológicas consultamos la historia de ideas del siglo IXX quizás veamos que la relaciones de ideas que hemos indicado no es ni tan simple ni tan consistente como primeramente parece, Debemos penetrar en detalle las diferentes formas del pesimismo y del individualismo y analizar su relación mas de cerca si queremos llegar a ideas precisas.

Georges Palante

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