(es) LA NOCHE DEL MUNDO INFERNAL

Tomado de Ajajema nº 2.

Traducido del original en italiano del trabajo “INCUBO”, escrito por Orkelesh y editado por “Casa Editrice Ferox”.


Miraste el ocaso.
Percepción y presentimiento.
Por alrededor, en cada lugar, y dentro de cada tesoro escondido.
Olfatee tu olor, mezclado en los poros dilatados del presente.
Perdido, en los destellos luminosos de una realidad triste y opaca, huiste de cada espejo alejado del manto del toque humano.
Tú figura, tu postura, fue apariencia inexistente, criatura deforme que se expandió aumentando el dominio sobre el otro, y sobre lo que tenías cerca.
¿A quién tenías cerca? ¿Alguien tiene el coraje para hacerlo?
La fría superficie de tu cuerpo emanó un olor potente, fuerte y punzante.

Alguien, algún pobre ser mortal ha sentido dentro de sí algo, esa sensación que nadie al final quiere buscar. Miraste a la humanidad y la observaste, bajo tu mirada arrogante y fugaz, sin dar una señal de lo que estabas pensando.

Viniste en mi sueño.

Entraste aquí, en mi invocación, sublime audacia, y me aferré al profundo y hermético orden del secreto que anhelo, ascendiendo a un elemento inexistente que se esconde a sí mismo, y a los ojos plácidos de la humanidad vacua.

Tu rostro pálido fue mi ilusión y al mismo tiempo las ilusiones de los que estaban junto a mí.

Tu rostro hablaba de mundos lejanos, distantes, oscuros e inaprensibles, sin que existiera la necesidad de viajes.

Monstruoso, te equivocaste, y recorriste con grandes pasos mi habitación, con una luz tenue y fija hacia la pared, hecha de sucesiones y geométrica representación.

Querías, alzaste hacia ti la luz proyectada, se parecía a la esperanza caduca de la sociedad y de lo humano, vagando a través de las puertas del conocimiento.

Supremo, afirmaste, mientras yo era encadenado a la cama, por un vínculo a la

Tierra, tú no sentiste ni quisiste saber, la cosa que vi y soñé en mi sueño.

Fue la luz que se “mostró” en la pared regular, que te irritó.

Una luz que consideraste como el mundo exterior peleando “inútilmente”, contra el mundo interior, aquel del no conocimiento y de la inexistencia de cada valor fundamental.

Ah, como gritaste, monstruoso delante de mí, molestabas mi vista, que no pudo a atrapar tu instinto de muerte, aquel toque seductor y frío al mismo tiempo.

¡He aquí! Fue el tiempo que no existió más, no entendía el flujo de los instantes, no leyó la variación de la luz, la proyección de la sombra se paró ante la aplicación de su sonido mortal y cruel.

El tiempo -afirmaste, lo matamos, esta aparente verdad, que es llamada así por el humano mortal. Matamos el valor del tiempo, vamos a aniquilar el alzamiento de los acontecimientos y de las formas, conceptos y materia. Tu anormal rostro pronunciaba palabras de honor y horror. Ahora un humano debía ser engullido, en su caverna, donde succionas su linfa vital.

Fue el momento en que te eludía a través de mis ojos y mi mirada, que me sedujiste, apenas bajé de la cama.

¿Cayó La noche? Las pulsaciones articularon mi expresión en cada momento, tuve que crear una idea, y realizar mi pregunta hacia ti.

Ibas impasible, y anticipaste la producción de mi idea, aquella que tenía intención de llevar a cabo, participando en tu debate, con un impulso y sonidos de la boca, que pensé podían ser articulados.

Un áspero acento remarcaba aquello que debía expresarte, en una gutural expresión de señales y palabras…

Qué quieres de mí -dijiste, que pretendes mortal, estoy aquí y en todo, voy hacia atrás y estoy en mi reino, no puedes calcular, no puedes rodear, ni siquiera pensar, ni limitar mi cuerpo o mis movimientos. “Oscuro presagio, desconocido y olvidado del vacío, expresión de vida, de la humana sociedad, íntimo e irreal, presagio que limpia las extremidades adormecidas por la languidez del valor absoluto y utópico.”

Eso quería expresarle, la nada, en comparación a su poder iracundo y seductor.

Sólo fue un instante, un veloz movimiento de sonidos de la boca, nada comparado a la magnitud de la destrucción de la sociedad, del valor dado a las cosas, contra todo lo que se perfila regular y utópico.

Su imagen se posó en la pared, se volvió deforme y se levantó, volviéndose normal, cayó en un vacío sin luz, era su poder, su instinto de muerte que debía ser transmitido, sin que pudiéramos saber “dónde y porque”, desgarrando la garganta de la conciencia, en lo profundo de un abismo dónde miles de remolinos se comían el vacío y a los remolinos.

Espirales y ondas en toda la habitación, todo tambaleaba, se sentía el paso de un ciclo que terminaba y nacía, para morir, expresión de aquella subida a la cima del conocimiento, amplificando el dolor del deseo de lo que perseguía.

Ahora, sólo ahora, veía y sentía, que llevaba en mi mano un cadáver, los restos de algo que se parecía a un humano, y mientras “miraba”, eso que sus fauces comían, destrozaban y tragaron, predijeron la muerte de lo humano, por la selección y la conexión, en su viaje sin rumbo, para aniquilar y destruir el concepto del hombre, sus esperanzas, y su tiempo.

Miraste el ocaso.

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