(es) Oso y el Dios Salvaje

Traducción del texto “Oso and the Wild God” escrito por Sokaksin.
Traducción a cargo de Zúpay.


A las 10:37AM en la mañana del 22 de marzo de 2014, una ladera inestable que se hallaba cerca de 4 millas de distancia del pueblo de Oso en el Estado de Washington, cedió. El desprendimiento desató una avalancha de barro, árboles y rocas que recorrió la bifurcación norte del Rio Stillaguamish y recubrió una milla cuadrada del valle que se encuentra por debajo de las terrazas Bancales Whitman, la cual se levanta 800 pies por sobre del valle que hay debajo. En el terremoto y el alud de Oso, 49 casas fueron destruidas, hubo más de 100 personas desaparecidas y lo que eventualmente serian 43 civiles muertos.
Hay algo de controversia respecto al grado en que la tala tangencial en el área sumó a la posibilidad del alud en Oso, pero también hay un alto grado de acuerdo en que el alud fue, perfectamente natural, sino inevitable. Lo que queda por decir que no hay chivo expiatorio al cual señalar, ninguna “causa” respecto al “manejo irresponsable de la tierra” para amontonarse detrás. Solo la despiadada realidad de esta tierra salvaje y la exposición total de su poder. Lo que ocurrió en Oso fue simplemente un acto de la naturaleza salvaje en el sentido más puro del término.
Buena parte de la ladera Oso y las áreas circundantes, son sobrantes de los depósitos glaciares, los cuales se crearon a causa del movimiento glaciar que recorrió el área en la última era del hielo. Estas laderas son inherentemente inestables dado su composición. Como resultado, a lo largo de la historia y más ciertamente incluso de forma anterior a la invención de la tala, los aludes han sido una característica común del paisaje, una parte interínsica de los procesos naturales, por los cuales esta región ha sido moldeada a lo largo de incontables miles de años.
Tan pronto como tres años después del alud, uno observa que las cosas han simplemente continuado su curso natural. El suelo refrescantemente expuesto a causa del desprendimiento ha dado paso al crecimiento de una vida vegetal. El río se ha vuelto a encausar al tiempo que la llanura inundada que emergió luego de la avalancha se asentó. Las únicas señales de que la civilización estuvo aquí alguna vez, son los postes de banderas que enmarcan sitios conmemorativos y una casa solitaria que ha sido abandonada.
Admito que observar a lo largo del paisaje y asimilar las consecuencias del alud es una experiencia que otorga humildad, por decir poco. Es un recordatorio de mi pequeñez en la tierra. Es un recordatorio de la fuerza indomable de la naturaleza salvaje. Es un recordatorio de la arrogancia del hombre y el vacío final de todos sus ídolos y sus esfuerzos frente al poder de la tierra.
Como Jeffers lo expone en su poema Halcones Heridos, “El Dios salvaje del mundo es en ocasiones misericordioso con aquellos / Que piden piedad, no lo es a menudo con el arrogante.” Y ahí se encuentra un cierto desafío, una arrogancia, una idiotez al construir las viviendas de uno en los senderos de la furia de los dioses. A la tierra la tiene con poco cuidado algún primate ambicioso y las pretensiones de su decadencia son abordadas de forma adecuada con la muerte y la destrucción a manos de la naturaleza. Pero esta naturaleza salvaje, esta tierra salvaje, este despiadado dios salvaje del mundo es también la única realidad que tenemos.
Pararse frente a la devastación de Oso es un recordatorio de la realidad última, insuperable, y de nuestro lugar en el gran mundo transhumano. Ciertamente es brutal, es cruel, pero en su interior y de forma inseparable, esa brutalidad es también belleza, integridad, totalidad. Uno podría aventurarse incluso a hablar de cierta salvación, o desarraigo de nuestra condición como Hombres híper-civilizados, o un recordatorio de lo que podría significarse el entender nuestra “humanidad”, pero concebida como un ser entre las redes de incontables cosas, y no en los términos de la estupidez solipsista del Hombre moderno. Sobre el dios salvaje del mundo, Jeffers escribe de nuevo:
“El Dios del mundo es traicionero y lleno de sinrazón; un torturador, pero también

La única base y la única fuente.

Quien lo combata se come su propia carne y perece de hambre; quien se esconde en la tumba

Para escapar de él, está muerto; quien entra a la Recesión India, para escapar de él, está muerto; quien se enamora del Dios es limpiado

De deseos de muerte y temores de muerte.”

– De, “Deudas-de Nacimiento”
– Sokaksin

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