(es) Como se ve la internet

Traducción del texto de Abe Cabrera, “What the Internet Looks Like” publicado en Hunter/Gatherer en enero de este año.

Traducción a cargo de Zúpay.


El libro de Ingrid Burrington, “Redes de Nueva York: Una guía de campo ilustrada de la infraestructura de internet”, probablemente sea lo opuesto a lo que un eco-radical quisiera leer, pero no debería serlo. Por un lado, nunca he sido un fan de las guías de campo sobre la naturaleza, sea que estas apunten a enseñar sobre qué plantas son comestibles, que pájaros se pueden avistar en determinado momento del año, y otros hechos relacionado a actividades de exteriores. Argumentaría (ligeramente quizás), que esas guías de campo afirman una mentira cultural, a saber, que la “naturaleza salvaje”, existe como un espacio geográfico separado al que se puede retornar en el tiempo libre. O sino, a la naturaleza se la puede compartimentar y preservar como un santuario en medio de un mundo híper-técnico. Soy culpable de esto, por supuesto; de “Googlear” sobre alguna baya al azar que me encontré en una caminata y otros usos reluctantes de la tecnología.

El libro de Burrington apunta a lo contrario: A ilustrar cómo realmente se ve nuestro mundo en el lugar en el que es más “nuestro mundo” que en cualquier otro: La ciudad de Nueva York. No soy la persona más viajada en el mundo de cualquier forma, pero he visto mi porción de ciudades. Ninguna se puede comparar a la abrumadora masa de concreto, vidrio y asfalto que uno se enfrenta al entrar a la Isla de Manhattan.

El tour personal de Burrington apunta a “encontrar la internet” en medio de la mayor ciudad dentro del país más rico de la historia. Completada con dibujos e ilustraciones, es una guía de campo en todos los sentidos. El libro demuestra lo que una tapa de alcantarilla particular significa, donde encontrar importantes intercambios de Internet, tanto cómo las políticas referentes a la gran cantidad de cámaras de vídeo y otros dispositivos de detección que son usados para combatir el crimen y el terrorismo. Burrington ilustra la fisicalidad del internet, la cual es el fondo la clave de una trascendencia que va más allá de las palabras.

“Una de las partes más difíciles de intentar ver la internet, incluso de intentar responder la pregunta de cómo ves el internet, es la escala. El escritor Quinn Norton ha escrito sobre la dificultad de contar historias hoy en “un mundo en el que enamorarse, ir a la guerra, y llenar planillas de impuestos se ve de la misma forma; se ve como teclear.” Hay una intimidad inesperada al vivir con pantallas, pero esa intimidad usualmente no se extiende al cable y conduce realmente alto a las pantallas. A medida que la ‘división’ entre la “vida real” y la “vida online” es escaladamente considerada una ficción (o sea que lo que la gente dice y hace en el mundo en línea tiene consecuencias en la vida real, los retweets no son aprobaciones, tu jefe puede hallar tu perfil de Tinder), los paisajes de internet siguen apareciendo como una forma abstracta de aquellos espacios físicos en los cuales te enamoras, vas a la guerra y rellenas planillas de impuestos. Irónicamente, la razón por la cual podemos tener aquellos extraños momentos personales con máquinas es a causa de que los pasajes de internet están guardados dentro de los paisajes de la vida cotidiana. Básicamente vivimos dentro de una computadora realmente grande.”

Lo que hace Burrington en las páginas siguientes es describir como se ve la “computadora realmente grande”. Esto suele ser difícil ya que una parte de la ilusión es que la computadora es invisible, que seguimos viendo “la computadora” como algo con lo que escribimos en un escritorio o que llevamos en nuestro bolsillo. Hay símbolos en el suelo para los miles y miles de kilómetros de fibra óptica y otros cables que alimentan y transmiten información entre máquinas. Todos estos símbolos tienen una historia y un significado particular. Hay consideraciones de clase también: compañías tales como Verizon colocan infraestructura de cableado más moderna y veloz debajo de barrios adinerados y gentrificantes, incluso cuando se han realizado medidas para mantener al internet “democrático”. El movimiento de la economía misma, reducido a la lógica de la ruleta, y la mesa de Blackjack, a menudo se une en las ventajas de una fracción de segundo que cierto cable de fibra óptica tiene por sobre otro:

“La persecución de ventajas de un microsegundo conducen a un montón de demanda en Wall Street por redes de baja latencia, un término usado para describir la longitud del retraso en las transmisiones de datos. Una latencia menor, significa menos retraso e intercambios más veloces. Luego de alcanzar aparentemente los límites de las matemáticas para aumentar la velocidad, los comerciantes voltearon a la proximidad física para menor latencia. Los centros de data que almacenan intercambios, ofrecieron costosos servicios de colocación que pusieron una firma comercial más cercana a los servidores de intercambio para mejorar la latencia (dado que el cable que conectaba los servidores era más corto, la data viajaba a distancias menores y llegaba más rápidamente a los servidores). Surgieron nuevas compañías, promoviendo redes de latencia ultra baja, alquilando líneas de fibra privadas. Una compañía, Difunde Redes, construyó una red de fibra óptica completamente nueva desde Chicago hasta Nueva York, para poder lograr – y poder cobrar miles de dólares por eso – una ventaja de tres milisegundos.”

Incluso aquí, a pesar de que el internet sea una entidad etérea en la imaginación de hoy en día, su fisicalidad está impulsando una preocupación en el más alto nivel institucional.

En tierra, la internet es visible en cajas de conexión y debajo de las tapas de alcantarilla, con grandes intercambios de cables transmitiendo y gobernando millones de actividades. LinkNYC es un sistema de kioscos de Wi-Fi libre que apuntaba a reemplazar la obsoleta red de teléfonos públicos a mediados de la década pasada. Mientras que el acceso libre a internet es apreciado por algunos al vagar por la ciudad, grupos como la “Unión Americana de Libertades Civiles” han alzado su preocupación con respecto a la tremenda cantidad de recolección de información que llevan a cabo estos kioscos en un esfuerzo de brindar un “mejor servicio” a los usuarios. No está claro que pasa con la información, o si se comparte con otras agencias del gobierno, especialmente con la justicia.

Como escribe Burrington:

“Parafraseando a George Orwell, si quieres una visión del futuro del Wi-Fi público, imagina a una corporación haciendo exactamente el tipo de cosas algo turbias que hacen las corporaciones por defecto – por siempre.”

En otra parte del libro, Burrington hace la acertada analogía del Smartphone personal, adhiriendoconstantemente la presencia de uno a hotspots de Wi-Fi, haciendo así a cualquiera, fácil de localizar al menos en teoría.

Internet puede no estar un lugar, pero si tiene importantes centros en los cuales, dentro de una ciudad como Nueva York, son a menudo grandes edificios que fueron importantes en eras pasadas de la industria de las comunicaciones. Estos son “puertos portadores” en donde los diferentes proveedores de servicios de internet (ISPs), y las compañías de redes “acceden” y se cruzan entre ellas. Estos edificios, tales como los de la calle Hudson 60 y la Avenida de las Americas 32, no son exactamente un secreto, pero tampoco son abiertos al público muchas veces. Burrington comenta medio en broma que estas grandes piezas de infraestructura no han alcanzado aún el estatus de paradas turísticas como en el caso de la presa Hoover u otros impresionantes trabajos públicos.

La última parte del libro de Burrington es respecto a la infraestructura que está ligada a la internet, pero que consiste en cosas de las cuales no solemos pensar como parte de internet. Esto incluye torres de telefonía, dispositivos de identificación de frecuencias de radio de lectura, ligados en el dispositivo de pase E-Z (para el cobro del peaje), localizador de disparos, que detecta disparos en entornos urbanos para asistir a la justicia, y cámaras de vigilancia en subtes y esquinas. Si el mundo es una computadora ahora, estos dispositivos son sus ojos y oídos. Muchos de estos sistemas se comunican entre ellos de forma inalámbrica. Las cámaras en el Departamento de Policía de Nueva York son redes de máquinas particularmente misteriosas que infestan el paisaje urbano. Como escribe Burrington:

“Cuando rellené un acta de petición de Libertad de Información, para el número y localización exactas de estas cámaras, se me negó sobre las bases de que revelaría “procedimientos y técnicas fuera de la rutina”; y además de la revelación “habilitaría la planeación de actividades criminales reduciendo las posibilidades de ser atrapado en vídeo”.

Más que nada, el libro de Burrington da tanto un retrato físico e incorpóreo de la internet en un entorno híper-urbanizado. Describe la internet como una infraestructura compuesta de metal, plástico, mortero y otros elementos. Por el otro lado, su tremenda complejidad, su alucinante alcance, y su penetración profundamente dentro de la psique humana lo convierte casi en un fenómeno espiritual: el ensamblamiento entre la gente y la tecnología dentro de una mentalidad de colmena de sorprendentes proporciones. Uno se pregunta si es imposible atacar la internet, dado que los mismos seres humanos, la humanidad domesticada e híper-civilizada, se ha convertido en la internet. O, para invertir la caracterización de la naturaleza del Karl Marx de épocas tempranas, quizás la meta de la civilización es que el hombre se convierta en el cuerpo orgánico de la Máquina. Y como cita Burrington en su libro, el cómo esto ocurre se parece mucho a teclear.

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