Sobre la vida, profetas y la aniquilación

La fijación oportuna de la muerte es la fisionomía de un rostro percudido por la tristeza, soledad y enojo, de una vida que se le es negada continuamente. Las ojeras y las marcas de un rostro que ha tenido, largos lapsos de lagrimeo, recalcan la profundidad de esa consciencia, atormentada por el coronamiento de su nacimiento. Consciencia que se tiene para sí misma, por lo que cae azotada a la frustrante y terrible realidad. Y como si fuese por segunda ocasión su nacimiento, está traumada consciencia se desapega de toda expectativa benevolente futurista; ya predice su próxima muerte. Por lo que constantemente recobra la pesada y complicada penumbra del existir, ya no huye de la muerte, sino del nacimiento.
Es por eso mismo que cada momento en que su existir se acongoja por la crudeza de la funesta realidad, se pregunta ¿Por qué no acabar con la enfermedad de vivir? ¿Al caso es más fácil llevar hasta las últimas consecuencias la propia enfermedad, que acabar con ella? La cura termina siendo más dura, pero también llena de paz fulminante, que como bombilla fundida la consciencia. Se apaga. ¿Y el llevar hasta las últimas consecuencias la enfermedad, qué síntoma trae consigo en una sociedad? Trae consigo el síntoma de un panorama tan enraizado en eternizarse sobre lo finito; a menudo se imagina un porvenir mejor, amable con la mísera y pútrida existencia del humano; Profetas con oficio de arquitectos surgen, construyen cimientos de progreso en tierras movedizas, tierras en las que encarna la maldad, el cólera, tristeza y soledad. Y sin embargo, estos aún necios, edifican un montón de pilares en los cuales ya planean su próxima sociedad futura, por lo cual luchan sin cesar en el avance continuo, tecnológico y económico. Así es, como los profetas reclaman como suyo las ideas del mejoramiento y con ello también la de los valores modernos: justicia, derecho, libertad y equidad. Todos esos asquerosos profetizadores de la perpetua dolencia del vivir, sólo son asesinos de la inicial vida.
Es por eso que los humanistas, encubiertos por el arropamiento del pueblo; muchedumbre embrutecida por la necesidad de nuevas esperanzas, alzan sus banderas y exigencias de un mejor vivir y que en ellas el humanista haya campo fértil, para guiar el rebaño hacia la sociedad futura. Hacen de su cosecha los manoteos de los rebaños, que piden de rodillas más y más derechos, más y más reconocimiento. Sus miradas se fijan en alargar la finitud de la incoherencia de sus vidas.
Miradas cegadas por a un egoísmo artificial, cuya violencia es la instrumentalización de todo signo de vida indómita y salvaje. Aun así, lo salvaje escapa de todo orden artificial. Orden que no sea el de creación y destrucción. Lo salvaje hace una ley y una guerra, que como autoridad primogénita, salpica con destrucción todo orden fétido de progreso humano. Hombre, niño, mujer, marica, tuerto, blanco o negro; el peso de la ley salvaje cae sobre todos, que como tsunami embiste espontáneamente, así actúa la ley y la guerra de lo aún salvaje sobre todos. Nadie queda exento. Sabia la naturaleza, comprende la justa indiscriminada destrucción de todo lo artificioso. Así como la aniquilación de sus perpetradores. Que mis acciones como parte de esa indómita salvajicidad natural, sean el reflejo de esa unidad con los maremotos, hundimientos, estruendos y diluvios que caen en las ciudades del hombre moderno, en guerra contra todo género y progreso de lo humano, hasta la aniquilación de sus fábricas y proyectos en los que surgen el nuevo humano; hasta mi propio aniquilamiento.

-Ometeotl

Tomado de Revista Ajajema No 8.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.