Susurros animistas en una noche de intensa niebla

Desde una complicidad…


Una húmeda e imponente capa cae en la noche sin luna. Con decisión se manifiesta, trayendo frías tinieblas. Paseo por las calles de la ciudad que tanto desprecio; los coches encienden sus ridículas luces ante la espesura seductora que lo inunda todo, los restaurantes hacen brillar sus estúpidos letreros, las farolas se levantan raquíticas y algún que otro híper-civilizado camina con su perro atado por el cuello. Poco a poco, me alejo de la ciudad y me voy adentrando en la oscuridad…

Mi alma está agitada al contemplar con primitivo asombro la belleza nocturna, adornada con estas nubes. Desde el más profundo respeto agradezco a los espíritus de lo Desconocido por la increíble noche, y siento cómo la espesa niebla me habla, al igual que tiempo atrás lo hicieron la montaña, el zorro, las grandes rocas, el viento, la Luna o los insectos. Y oigo su divina risa. Se ríe orgullosa de la humanidad; de sus ciudades llenas de artificiales luces que tan fácilmente ha vuelto inútiles, de la frágil condición del ser humano, tan débil e impotente ante lo Salvaje. Qué poco hace falta para volver ciega a una ciudad entera. Puedo sentir su mensaje, su risa, su poder. Una intensa sensación que no sabría muy bien definir me invade por unos momentos, y se manifiesta en mi cuerpo con una sonrisa y unas carcajadas.

El humano moderno no es más que un chiste. Con qué facilidad la Naturaleza Salvaje trastoca al humano, desde la niebla y los vientos hasta las inundaciones y los terremotos. No somos nada. Qué ridículo se me presenta el moderno ateo cientificista… ¡Qué vulnerable que es! Y qué fácil se desmorona su mito del Dios-Hombre.

Y con todas estas ideas rondando caóticas por mi cabeza, detengo mi paso: aparece un erizo en el camino, escondido bajo sus afiladas púas…

Zor

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