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(es) Lecciones del abeto y la Gloria de lo inhumano

Traducción del texto “Lessons of the Fir and the Glory of the Inhuman” escrito por Sokaksin.
Traducción a cargo de Zúpay.


“Grito intentando acabar con mi domesticación, quebrando ataduras de relaciones inútiles, lanzándome a una guerra contra la civilización y sus esclavos.” – Yo y después yo
En el patio de la casa en la que vivo, se encuentra la antigua medula y los huesos gastados por el clima de un gran abeto de Douglas. Antes de la llegada de la industria maderera a esta región de los Estados Unidos en el temprano siglo XX, había una gran área de antiguos bosques a lo largo de toda la costa. A través de algunas estimaciones, tanto como la mitad de los bosques en aquel tiempo, estaban constituidos por estos lugares antiguos e inimaginablemente complejos, cuya apariencia probablemente no volverá a ser contemplada por el ojo humano nunca más. En estos bosques, el abeto de Douglas, el Cedro rojo occidental, el abeto stika, la Cicuta y otros era los imponentes gigantes que surgieron sobre la gran vida del sotobosque, rico en plantas y vida animal. Muchos de estos bosques habrían tenido incalculables miles de años y los árboles en ellos muchos cientos, incluso miles de años también.
Caminando a través de los bosques en donde vivo, uno puede hallar aun los más débiles ecos de esta vida primaria del bosque, en los antiguos tocones dejados por las primeras rondas de tala. Muchos de los restantes más grandes tienen los característicos cortes a los lados, de los andamios improvisados que permiten a los taladores trepar lo suficientemente alto sobre estos grandes árboles como para encontrar un lugar en donde sus sierras puedan cortar. El abeto Douglas en el patio en donde vivo alberga estas mismas cicatrices.
Pero esta pieza no es realmente acerca de estos antiguos bosques, ni tampoco acerca de la tragedia de lo que se ha perdido con su destrucción, a pesar de que, a mi parecer, seguramente sea causante de gran tristeza, entre otras cosas. Es más que nada una reflexión sobre la experiencia personal que tengo al reconocer, a través de la presencia de estos árboles antiguos, que yo también, albergo la sangre del bosque en mis manos, al mismo tiempo que siento una profunda oposición al mundo que ha derramado la sangre de estos maravillosos lugares, y como uno puede comprender y responder a esta tensión desde una perspectiva eco-extremista.
Como he notado, aquel árbol testifica la verdad de que mi propia existencia es nacida de esta civilización, construida sobre los cadáveres de aquellos hermosos y antiguos bosques, y sobre los cuerpos de las personas y criaturas que vivieron en ellos. Como he notado en la pieza anterior, el hombre siempre es parte y producto de su lugar. Y así, yo soy parte y producto de una existencia híper-civilizada. Por virtud de mi existencia, la sangre del mundo ha manchado mis manos. Pero al mismo tiempo, y en muchos casos a causa de esto, viene la manifestación de una tendencia que se posiciona firmemente en contra de esta existencia muy híper-civilizada del “Hombre” y sus obras por las cuales hemos nacido y sido formados como seres modernos y domesticados. Así puede haber, para algunos, esta cierta “tensión” en el eco-extremismo que parece demasiado grande para el punto de vista convencional de las filosofías humanistas. Después de todo, desear la muerte sobre las innumerables caras de esta civilización, es condenar al “Hombre” y consecuentemente, a mí mismo a la muerte junto con ellos.
En el fondo, esta tensión o contradicción entre lo humano y lo inhumano que puede ser percibida cuando se aborda la perspectiva eco-extremista, solo puede ser reconciliada a través del reconocimiento de que la perspectiva eco-extremista es en muchos aspectos una negación, o rechazo de lo “humano”, un concepto entendido de formas diversas por diferentes “miembros” de la tendencia. Esto no es realmente un acto intelectual de calcular el uno o el otro. Y a decir verdad, mucho de lo incomprensible del eco-extremismo para aquellos de afuera es simplemente a causa de la naturaleza irreconciliable de una perspectiva y un sistema de valores que posiciona al Hombre en la cima de la creación y otro que sencillamente se niega a hacer lo mismo por un numero de razones que yo (naturalmente) considero que son válidas. Pero esta decisión se siente en el corazón de uno, se siente en una afinidad con el gran bosque, las montañas, los ríos, y sus innumerables formas de vida. Desde el noble cedro hasta el gran alce y el coyote. Desde un amor a la grandeza y belleza del mundo no-humano en lugar del humano. Y así la oposición del eco-extremista al híper-civilizado, a la civilización tecno-industrial, simplemente no se trata del humano. No se trata del ser individual de nadie, es una negación del humano en nombre de aquella gloria desconocida de la tierra salvaje que no tiene nada que ver con el ser humano. El eco-extremismo es un reconocimiento de la gran belleza de lo inhumano y la negación violenta de la centralidad del humano, dado que es la reacción violenta en contra del “Hombre” y su civilización tecno-industrial en todas sus encarnaciones. Pero no hay lugar en las filas del mundo moderno, progresista, humanista, para una perspectiva que apunta a la muerte del “Hombre” y todas su “glorias,” y en esto, está la raíz de la disonancia cognitiva e indignación de las masas híper-civilizadas quienes encuentran imposible de concebir una perspectiva que se opone a sus sagradas abstracciones de “progreso”, “humanidad”, “la ciudadanía,” etc.
El eco-extremismo, como digo, toma su perspectiva de aquella gloria desconocida de la tierra salvaje. En el vigésimo octavo comunicado de ITS este completo y total rechazo a cualquiera y todas las perspectivas humanistas en nombre de aquella gloria desconocida se expresa tan claramente como siempre:
“Atacamos, atacamos a todo lo que tenga que ver con el ser humano, no nos importa dañar a algún “inocente” o a un “pobre cristiano” que se encontraba en el momento y el lugar menos indicado, a nuestro odio no le interesa rico o pobre, mujer u hombre, joven o viejo, nuestro odio es el mismo para todo humano.
Para nosotros no hay ni buenos ni malos, el concepto de “lucha de clases” NO nos susurra nada, ni nos abraza de un rojo sentimentalismo, rechazamos ese “deber” de posicionarnos de lado del pueblo, jamás lucharemos por este, ni con este, sólo vemos una muchedumbre de híper-civilizados, autómatas, repulsivos autómatas…
Seguimos sin encontrar motivos para “amar al prójimo”, sólo tenemos aprecio por nuestros afines, nuestros hermanos de sangre que forman parte de la Tendencia, cómo podemos amar a quienes siguen perpetuando la civilización, a quienes viven creyéndose libres cuando el rugir de sus cadenas es tan atronador, ¿cómo amarlos?” – Vigésimo Octavo Comunicado de los Individualistas Tendiendo a lo Salvaje

A la luz de esta perspectiva, la “tensión” o “contradicción” antes mencionada entre lo humano y lo inhumano se disuelve completamente a través de la negación total de la centralidad del ser humano. “El hombre, “el humano”, “la polis” todos han sido dejados atrás en el eco-extremismo. El eco-extremismo encara el proyecto progresista de un mejor futuro, un futuro que será y siempre ha sido pagado con la sangre de la tierra, con un pesimismo de clara visión y el estallido de las bombas. Encara la obsesión propia del humanista con un aullido a lo desconocido y una espada ensangrentada para recordarle su pequeñez sobre esta tierra. Todo lo que queda es la gloria desconocida. No hay tensión entre los restos de la propia naturaleza híper-civilizada de uno y el ataque violento en contra de toda esta existencia híper-civilizada, por lo que todos aquellos ídolos del mundo humano han sido asesinados, y abandonados para que se pudran en el despiadado sol, en el ascenso de aquella gloria mayor dentro de la cual el ser humano es, como mucho, una minúscula joya en la gran red de Indra. Cerraré esto con el poema Sign-Post (Letrero), del poeta Americano Robinsón Jeffers, uno que captura de forma hermosa este giro hacia adelante, lejos del ser humano y hacia la inmensa grandeza y gloria transhumana de la tierra.

Civilizados, llorando: como ser humano de nuevo; esto te dirá como.
Gira hacia afuera, ama las cosas, no al hombre, aléjate de la humanidad
Deja morir a aquel muñeco. Considera si quieres como crecen los lirios,
Recuéstate sobre la roca silenciosa hasta que sientas su divinidad
Enfría tu venas; observa las estrellas silenciosas, deja que tus ojos
Escalen la gran escalera fuera de la fosa de ti mismo y del hombre.
Las cosas son tan hermosas, tu amor seguirá tus ojos;
Las cosas son el Dios; amaras a Dios, y no será en vano,
Por lo que amamos, crecemos para ello, compartimos su naturaleza. En longitud
Mirarás de nuevo a lo largo de los rayos de las estrellas y verás que incluso.
El pobre muñeco de la humanidad tiene un lugar debajo del cielo
Sus cualidades reparan su mosaico a tu alrededor, los fragmentos de la fuerza
Y de la enfermedad; pero ahora eres libres, incluso para ser humano,
Pero nacido de la roca y del aire; no de una mujer.
-Sokaksin

(en) “Confronting your Domestication” and “Rewilding”

Reflexiones en torno a la domesticación y resalvajización desde una perspectiva eco-extremista.

Texto escrito por Sokaksin.


“May I ask how you confront your own domestication?”

I was asked this question a while back by someone that I have crossed paths with and from the outset it has always struck me as an odd question. It seems to be all the rage among anarcho-primitivist circles to talk about “rewilding” oneself, “confronting one’s own domestication,” reclaiming one’s own “wildness,” and on and on and on. These same people set out on extended camping trips with a few of their buddies to rough it on the back acres of some ranch building primitive shelters, hunting and prepping with primitive weapons and tools and generally kindling fires of the little homunculus of the “IR hunter/gatherer” in their heart. Now, I can’t say that I oppose people going out on extended camping trips, learning primitive skills, getting more deeply in touch with the land that they inhabit, or whatever. I spend a large part of my days, every day lately, walking through the forests near my house and in doing so have come to know the several hundred acres that comprise the nearby park intimately in the time that I’ve lived here. So I can’t be and am not one to cast judgement in that regard. What I do take issue with are the delusions about what it would even mean to “rewild,” to reclaim the life-world of primitive peoples (we can’t, full stop) and the correlative tendency among the “rewilding” crowd too fall too deeply into “LARPing primitive” and in doing so forgetting who and where one actually is.

My response to this question when it was posed to me was essentially, “I don’t.” I did not mean this in a passive sense of simply doing nothing, for even my writing is in some small way an attempt to deal with where and what I am, my own domestication and the world which I feel in my heart that I am so deeply opposed to. I meant this “non-doing” more in the sense of accepting who and what one is, where and when exists on the wheels of time rather than fighting the reality of one’s circumstances by falling into delusions of rekindling or even recreating that unimaginably complex life and world of the primitive. Man does not and could not exist in a vacuum. He is always turned outside himself, is always a part and product of a time and place. And the primitive was as much a part and product of his world as the modern man is a part and product of his. Who were the Niitsitapi but and extension of the great plains, the thunderstorm over the rolling hills, and the buffalo? In Atassa‘s recent translation of the editorial of Regresión Magazine No. 7 this sentiment was expressed in the grieving of a Sioux chief:

“Soon the sun will rise and will no longer see us here, and the dust and our bones will mix on the plains. As in a vision, I see the flame of the bonfires of the great councils die, and the ashes grow white and cold. I no longer see the spirals of smoke rise from our tents. I don’t hear the songs of the women as they prepare the food. The antelope are gone, the lands of the buffalo are empty. Only the howl of the coyote is heard now. The white man’s medicine is stronger than ours. His iron horse now runs on the paths of the buffalo. The whispering spirit (telephone) speaks to us now. We are like birds with broken wings. My heart is frozen. My eyes extinguish.”

The Sioux, and so many countless other peoples witnessed the death of themselves and the death of their world, and this is one and the same. If one wants to talk about “rewilding” in the anarcho-primitivist sense it cannot be honestly talked about without recognizing that the human being is always located in time and space and is always inextricably tied to that time and space. He can often venture beyond it in the abstract but this is a dream world, and all dreams must come to an end. He must come back to the present, for it is the only reality that he has. The past is always gone and done and the future is the airy nothing of speculation. Only the here and the now have reality. And if this is true then the anarcho-primitivist project of “rewilding,” “reclaiming one’s wildness,” or “confronting one’s domestication” is at best a hackneyed attempt to recreate a kind of idealized theater of dead worlds, delusions, daydreams, nonsense. The anarcho-primtivist will raise the ghosts of the great buffalo, bring life back to the bones of the antelope, bring life back to the ashes of the sacred fires of the Sioux. The Kingdom of the Paleolithic risen again. But this is, of course, a dream. The buffalo have long since returned to The Great Spirit, as have the bones of the antelope. The ashes of the sacred fires were long ago taken by the wind, and even the Sioux themselves have become a people of history.

To talk of “rewilding” and its corollaries in the anarcho-primitivist sense, then, is to talk of nonsense. It is not confront the world as it is. It is to escape into dream worlds where the great webs of the earth have not been ravaged by this civilization. If one is to see with clear eyes, one would have to recognize and accept what we are, which will also entail coming to terms with where and when we are. It would mean to recognize and accept that almost every person that exists today is a part and a product of this monstrous techno-industrial civilization which has and continues to spread its choking tendrils across the face of the earth. Domestication is inscribed in our flesh and we live in the ecological wasteland of modernity. It would mean to recognize that the great worlds of the past are dead and that there is no going back to them, nor is there any realistic prospect of them arising again within mine or any reader’s lifetime. As Jeffers notes in The Stars Go Over the Lonely Ocean “The world is in a bad way, my man / And bound to be worse before it mends.” What we have, and all that we have, is this decadent present in all its monstrousness, the continuing, relentless march of the Leviathan over all that is wild and beautiful. It would mean to accept this present with honesty and respond to that present accordingly, in a way which is in accord with the present. Without entertaining dreams and delusions of a brighter tomorrow when the primitive utopia will have been realized.

Of course, such a stance isn’t the “rewilding” of John Zerzan, Kevin Tucker, and the rest of the anarcho-primitivist underlings. This is the spirit of eco-extremism, its clear-eyed nihilism, its savage attack in this decadent present. From the Seventh Communiqué of ITS:

“The wild can wait no longer. Civilization expands indiscriminately at the cost of all that is natural. We won’t stay twiddling our thumbs, looking on passively as modern man rips the Earth apart in search of minerals, burying her under tons of concrete, or piercing through entire hills to construct tunnels. We are at war with civilization and progress, as well as those who improve or support it with their passivity. Whoever!”

(es) Breves palabras respecto a la violencia del Cielo

Traducción del texto “Brief words on the violence of heaven” publicado en Miko-ew.

Traducción a cargo de Zúpay.


La violencia en el núcleo del mundo, es parte integrante de la belleza y de la vida del todo. Así son las cosas. El mundo no puede sostenerse sin la oscuridad, y no podría ser sin la luz, o el juego sin fin de su interpretación y determinación mutua. Esta es la verdad del mundo. En un mundo tal, la gracia inefable, la cual trae las bayas de primavera al oso también ha escrito el drama eterno del alce y los lobos. Una vida de una muerte, una muerte de una vida. En la red de una incontable cantidad de seres, en su sufrimiento y su fortuna, en la forma de la tierra y la integridad del todo. Es simple ver el surgimiento mutuo del todo en el florecimiento primaveral y la actividad de las abejas, pero incluso el cuerpo parlanchín de la liebre en el ajustado apretón de las mandíbulas del coyote refleja la belleza del todo. Como observa Jeffers en su poema fuego en las colinas, “La belleza no siempre es amorosa…” La sangre en las rocas, los huesos del ciervo blanqueados por el sol, las poderosas mandíbulas del gran león de montaña, perfectas para matar, el cacareo del coyote y el alarido de muerte del alce. La fiereza, la violencia indiscriminada del eco-extremismo es la representación de este fundamento, violencia divina que trabaja, y siempre trabajo en el corazón del mundo.

El eco-extremismo es asediado continuamente por las filas de los debiluchos híper-civilizados, por su “psicopatía” aparente, porque se atreve a materializar esta violencia primordial en contra del orden artificial del Leviatán. Al altar de la ley y el orden, el eco-extremismo ofrece la profanación y un sacrificio de sangre a la tierra salvaje. Al negarse a tener si quiera un mínimo contacto con la línea del humanismo y el progresismo se sitúa a sí mismo en oposición a todo lo que la civilización tecno-industrial (y esto también se refiere al Hombre en sí mismo) representa. Está opuesto en su propia esencia de toda la infraestructura putrefacta, desde la “red” hasta cualquier ciudadano híper-civilizado quien es tanto la manifestación de la civilización como la presa hidroeléctrica que ajusta la vida del río. Se niega a poner la vacía abstracción del “Hombre” en la cumbre del ser y ataca con salvajismo todo aquello que canibaliza la belleza del todo por el basural desolado de la modernidad. El eco-extremismo es el ataque del lobo de feroz, mirada en contra el ganado domesticado. Es la furia del oso grizzly contra aquel quien vagará de forma insolente dentro de sus dominios. Es la fuerza del búfalo y las ventanas rotas junto al metal doblado en contra de los híper-civilizados que han olvidado la fuerza y la furia de esta oscuridad primitiva y su lugar en la grandes redes del mundo, redes dentro de las cuales se mantienen impotentes a pesar del engrandecimiento de sus propias abstracciones.

El orden de la tierra ha sido forjado sobre eones a través de esta violencia divina. Esta es la manera. A partir de ello, surgió la belleza despiadada de aquel mundo transhumano, el cual el hombre y su sociedad tecno-industrial buscan profanar para sí misma. Cada estallido de una bomba, cada chorro de sangre derramada es un golpe a partir de aquel núcleo primitivo de salvajismo, que permanece en contra de las ilusiones y pretensiones del hombre moderno, su civilización, y todo lo que el representa.

-Sokaksin

(en) Brief Words on the Violence of Heaven

Desde Miko-ew un texto en inglés sobre la violencia eco-extremista comparada a las manifestaciones naturales y cómo es que aterran a los híper-civilizados sensibles, moralistas y débiles.


The violence at the heart of the world is part and parcel of the beauty and the life of the whole. This is the way of things. The world cannot be sustained without this darkness, as it could not be without the light, or the endless play of their interpenetration and mutual determination. This is the truth of the world. In such a world that ineffable grace which brings the berries of spring to the bear has also written the eternal drama of the great elk and the wolves. A life from a death, a death for a life. In this web of myriad beings, in their suffering and their fortune, is the way of the earth and the integrity of the whole. It is easy to see the mutual arising of the whole in the blossoming of spring and the activity of the bees, but even the quaking body of the hare in the tight grip of the coyote’s jaws reflects the beauty of the whole. As Jeffer’s notes in his poem Fire on the Hills, “Beauty is not always lovely…” The blood on the stones, the sun-bleached bones of the deer, the powerful jaws of the great mountain lion perfect for killing, the cackling of the coyote and the death-shrieks of the hare are the divine. The fierce, indiscriminate violence of eco-extremism is the enactment of this primal, divine violence which does and has always worked in the heart of the world.

Eco-extremism is continuously lambasted by limp-wristed ranks of the hyper-civilized for its apparent “psychopathy” because it dares to enact this primal violence against the artificial order of the Leviathan. To the altar of law and order eco-extremism offers desecration and a blood sacrifice to the wild earth. By refusing to toe the line of humanism and progressivism it situates itself in opposition to everything that techno-industrial civilization (and this also means Man himself) stands for. It is in its very essence opposed to this entire rotten edifice from the “grid” to every hyper-civilized citizen who is just as much the manifestation of civilization as the hydro-electric damn which straight-jackets the life of the river. It refuses to place the empty abstraction of “Man” at the pinnacle of being and attacks with savagery all that which cannibalizes the beauty of the whole for the desolate wasteland of modernity. Eco-extremism is the attack of the fierce-eyed wolf against the domesticated cattle. It is the fury of the grizzly bear against he who would wander with insolence in his kingdom. It is the strength of the buffalo and the broken windows and bent metal against the hyper-civilized who have forgotten the strength and fury of this primal darkness and their place in the great webs of the world, webs within which they remain impotent despite the aggrandizement of their own abstractions.

The order of the earth has been forged over eons through this divine violence. This is the way. From out of it arose the merciless beauty of that transhuman world which man and his techno-industrial society seeks to desecrate for himself. Every bomb blast, every drop of spilled blood is a strike from out of that primal kernel of wildness which remains against the delusions and pretensions of modern man, his civilization, and all the he stands for.

Sokaksin